Estas elecciones presidenciales han estado marcadas por constantes paradojas, algunas son más ridículas que otras; son tantas que el espacio que ofrece una nota solo permite hablar de unas pocas. En primera instancia, vale la pena detenerse en el caballito de pelea que utilizó Álvaro Iván Zuluaga Vélez, para desprestigiar a Santos, diciendo que el candidato presidente es “castrochavista”, esta es una expresión del tipo: ignorancia como característica histórica de la extrema derecha.


Así mismo, decir que el Ex-Ministro de defensa de Uribe es “Comunista” son los mejores ejemplos didácticos que ilustran sobre las estupideces que pueden pronunciarse en países que celebran ferias del libro pero, donde la gente nunca lee.

Lo cierto es que el Chavismo está años luz de ser un movimiento revolucionario y pensar en la existencia de un burgués de estrato 500, como Santos, ubicado en el comunismo, son dos cosas que producirían risa de no ser porque las mafias de la ultraderecha utilizan estos dos cómicos distractores para capturar el voto de los colombianos incautos y, de esta forma, seguir robando al país a partir del miedo.

Por otro lado, tenemos a Peñalosa, quien quiere vender la imagen de “antipolítico”. En un país como Colombia es fácil engañar pero, el sentido común y la sana lógica evidencian que Peñalosa es, justamente eso, un político, que se puede aliar con Uribe y luego posar como si fuera de la oposición. Es tan político que, aunque no reciba mermelada, su politiquería sigue intacta en virtud del esquema tecnócrata que lo identifica; es un neoliberal que no ofrece un cambio de facto a las situaciones que deprimen a Colombia. Es paradójico que haciendo campaña política para la presidencia, niegue ser un político
.
De otro modo, Marta Lucía Ramírez ha centrado su campaña en el hecho de ser mujer. A leguas se nota que ella es una damita sin ningún tipo de lectura sobre el análisis del discurso de género; sólo a una mujer desubicada o con ninguna lectura sobre el tema, se le ocurría decir que reivindica a la mujer desde el partido Conservador, famoso por su misoginia, por la homofobia que públicamente admite y por ser un retardatario en los procesos y cambios culturales. Hacer una campaña radial en la cual se resalta la función de las mujeres en el hogar, basada en la “sabiduría popular” -que algunas veces tiene de todo menos de sabia- ayuda a naturalizar modos de sometimiento y formas de exclusión que han padecido las mujeres a lo largo de la historia. Esta caricaturesca damita tiene el mismo discurso de las reinas de belleza, pero más flaca, ojerosa, vieja y sin ilusiones. La paradoja radica en que, exaltando el hecho de ser mujer, ella defiende aquél modelo patriarcal que ha sometido y humillado a las mujeres durante muchos años.

De Clara no tendría mucho que decir; es quizás la candidata con mayor perfil intelectual: graduada en economía de la Universidad de Harvard y doctora en derecho financiero y tributario de la Universidad de Salamanca, además, ha sido profesora de la Universidad del Rosario y de la Universidad de los Andes. No obstante, quien crea las campañas publicitarias del Polo Democrático Alternativo pareciera ser un publicista infiltrado, proveniente del Centro Democrático y dispuesto a dinamitar las esperanzas –de las personas que buscan un cambio desde la izquierda- sobre un posible ascenso en las encuestas.

Basta con recordar la analogía que se hizo entre Aurelio Suarez y el Lobito del club 10, Aurelio Cheveroni; dicha analogía desvió la atención sobre las propuestas programáticas de aquél para relacionarlo con el personaje de un programa infantil. Ahora, utilizar un escenario futbolístico y acelerado para hablar de política, hace que al receptor del mensaje, la propuesta de Clara no le quede muy clara. Evidentemente, gran parte de las dificultades que ha tenido la campaña tiene que ver con la falta de presupuesto. Algo que dista mucho de lo ocurre con el candidato presidente, quien tiene el dinero de la nación para financiarse, mientras que Zuluaga, cuenta con los dineros de los latifundistas, ganaderos, terratenientes y de uno que otro grupo de seguridad privada.

Quizás Zuluaga sea el candidato que más goza de elementos paradójicos, pues este promete que, las personas “recobrarán la tranquilidad” y el país volverá a retomar las “impolutas” rutas que marcó el uribismo. Esas rutas tristemente célebres por las masacres auspiciadas por el paramilitarismo, el narcotráfico y el Estado, aquél Estado que dejó una vergonzosa marca de sangre en el país durante 8 años de gobierno y que pasará a la historia por la violencia que encarnó, por la corrupción en el Consejo de la Judicatura, por los mal llamados “falsos positivos”, por el espionaje a la Corte Suprema de Justicia, por utilizar al Palacio de Nariño como lugar de encuentro de los paramilitares, quienes hicieron el show más vergonzante en la historia de este país, a través la impunidad que se escondió con el eufemismo de la “desmovilización”. Zuluaga es la encarnación de una paradoja monumental, porque ofrece de lo mismo para alcanzar “un cambio” -y se vende como títere de lo mismo- pero en la publicidad ha pasado de títere a héroe, un héroe que va a hacer, exactamente, lo que su patrón le ordene.

Lo paradójico es que los colombianos tenemos una capacidad infinita para engañarnos en todas las campañas electorales y, generalmente, siempre gana la insensatez, aquella que busca el progreso pero con los mismo corruptos de siempre, aquella que espera la paz proveniente de personas que se niegan a los diálogos de la Habana.