Lo dicho. Era la vida de las gentes buenas y sanas de mi pueblo y el discurrir del día domingo que tenía otros incentivos, con el cine en el Teatro Bernal y, a veces, algunos espectáculos
de circo que eran anunciados por el querido y siempre recordado Totoño Correa, especialmente con el Ayala Hermanos.


También se alquilaban bicicletas y se escuchaban las peroratas en las escasas concurrencias del artista colombiano, o del Indio Zaragoza Rondín, o la música del Hombre Orquesta, todo en la Plaza Principal, la misma donde se hacía el mercado, y de la que se ignora estoy seguro, que en 1886, mediante Acuerdo Municipal, se le denominó Plaza de la Constitución.

Pero, también quedaba tiempo para en la tarde comprar el pan del lunes, ese exquisito producto que tanto nombre dio a esta tierra y que vendían en plena carrera 7ª, llegando a la 13, Teresa y Elvira Prieto, con sus famosos caladitos y bizcochos chicheros, que hacían venir semanalmente en su flamante Cadilac, al Presidente de la Corte Suprema de Justicia, doctor Joaquín Piñeres. Emma y Agustina Sánchez, con el redondo, imperial y pan baso. Petra y Carmen Mantilla con sus, no menos famosas, mogollas media luna; Victoria Párraga de Roa, Roberto Emilio Peñaloza, Chepa Roncancio, Leonor Galarza y Jorge Gutiérrez, cuyos roscones, mogollas y mojicones, jamás se han producido mejor en el país, y que pasados con masato que él decía lo hacía con sustancia de los cuernos de la luna, eran el verdadero manjar de los dioses.

También se compraban por los visitantes, que eran muchos, las famosísimas almojábanas y garullas que producían Hermelinda de Garibello, María Elena Escobar, María Pun Pun, María Elena Rodríguez y La Rusia María. También se ofrecían a los pasajeros de los buses intermunicipales, que en la época pasaban por la Plaza, al igual que en el tren, y cuando éste arrancaba se presentaba una competencia entre los vendedores, para establecer el que más lejos se lanzaba del ferrocarril, competencia esta que nunca perdió Margarita Cantor, más conocida como «La Chunca», quien además fue genio y figura para toda clase de juegos, principalmente el dado y el popular tejo o turmequé.

En este trajinar del domingo y demás días, era de común ocurrencia encontrar en actitud violenta, o escuchar toda clase de vulgaridades, salidas de la boca de Juan Mora, quien amenazaba con el lazo que empleaba para cargar mercados, a quien le acababa de decir «Juan Turupes» o preguntarle quién mató a Servanda, generalmente un muchacho que corría para evitar ser golpeado inmisericordemente. Pero la violencia de Juan llegaba hasta el extremo de botar al piso el objeto que cargaba, con el consiguiente perjuicio para su propietario. Otro que reaccionaba en similares circunstancias era un hombre que se decía había llegado de la Vereda de Fusungá y los muchachos le gritaban Garrete. Pero no tenía ninguna actividad y se limitaba a pararse en alguna de las esquinas de La Plaza.

Reacción parecida, aunque menos violenta, tenía Carlos Rincón a quien por su defecto en una de sus manos le gritaban mano de gancho, y le hacía los mandados de quienes así lo requerían.
Dedicado a entregar el pan de las Prieto y las Sánchez, pasó la vida en Soacha, un bobo que llegó no se sabe de dónde y que por la onomatopeya de sus sonidos bucales le pusieron «Pu
chas». Aunque más pacífico que los anteriores, a veces reaccionaba cuando los muchachos los molestaban.

Completamente distintos a los anteriores, por ser totalmente pacíficos eran Gentil Díaz, un hombre apuesto, rubio y de ojos azules, quien se dedicaba a recorrer las Fábricas el día de pago y a quien los trabajadores trataban generosamente. Vivió en la casa de la familia Rojas Rodríguez, en el marco de la Plaza. Hubo otros, pero pertenecen a fechas posteriores o a mediados de los años cincuenta, hasta donde no vamos. Vivieron sí en Soacha durante muchos años, trabajando para varias casas de familia, mujeres conocidas solamente por sus apodos, como la Chata Ventura y la Tumahuesos.

Para mucha gente, especialmente del perímetro urbano y para quienes venían del campo, existían distracciones bien distintas: jugar al tejo en las canchas de Luis Torres, ubicadas al costado occidental de la Plaza, en donde muchas veces se llevaron a cabo campeonatos de este deporte, o tomar el tren del sur a la una y media de la tarde para dirigirse al Salto del Tequendama, en cuyas instalaciones, hechas para recibir a los turistas, al arribo del ferrocarril sonaba la orquesta que nunca faltaba, y se iniciaba el baile que se mantenía hasta las siete y media, cuando este medio de transporte regresaba a Bogotá.

Todos los jóvenes de la época tenían ya su puesto, no solamente en el tren sino en la sala, y muchos que allí concurrían semanalmente con sus amigas, familiares o novias, tuvieron también su cita en el altar de la iglesia de Soacha, donde contrajeron matrimonio. Algunos de los empleados del ferrocarril, como el que reclamaba los pasajes, eran amigos de los permanentes asistentes a la fiesta y por esta razón no pagaban el transporte.

Y así llegaba la semana laboral y el consiguiente desplazamiento de los trabajadores a sus diferentes sitios de actividad, ya fuera en Bogotá o en las industrias del Municipio, para lo que se empleaba, en algunos casos, el tren y permanentemente los buses de Transportes Tequendama y Nacional, cuyos gerentes eran, en su orden: Humberto Rojas Rodríguez y Hernando Navarro Torres.

JOSE IGNACIO GALARZA M.

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