Recuerdo, hoy aquí, algunos personajes, historias y costumbres que no se pueden olvidar y que, desde luego, hacen parte de la idiosincrasia de las gentes de mi tierra y de quienes prestaron sus servicios a la comunidad con eficacia y desinterés y que, por esto se encuentran siempre en la mente de los hijos de Soacha. Así, por ejemplo, la asistencia médica y servicios afines se prestó por los doctores José Santos Lezaca, Pablo Rivera Rojas y Miguel Osorio Garzón y por Vicenta Mayorga Uribe, la inolvidable “Mamá Chiquita”, la odontología.


Las droguerías fueron la de Carlos Romero (Penetro) y Rafael Díaz, y la del Municipio servida por Jorge Uribe y Andrés Cortés.

Además, los niños nacidos, en el sector urbano y parte del rural más cercano, fueron siempre recibidos por Cecilia Vejarano, Mercedes Ladino, María Rodríguez y en algunos casos, por Margarita Vejarano.

Hay que señalar un caso especialísimo que todos los soachunos recuerdan con especial admiración y es el de un inmenso lote que la autopista sur dejó convertido en una tercera parte de su antigua extensión, en donde existían cuatro casas, una en el fondo o norte y tres al sur oriente del mismo, sobre la calle 13, en el antiguo Barrio de Agua Nueva. Había allí un extenso patio, un humedal y sembrados de hortalizas, legumbres, pinos, árboles frutales, rosas, mirtos, claveles de todas las especies y margaritas.

En la casa ubicada en la mitad del costado sur oriental, existía un local con puerta a la calle 13 y con un puentecito en piedra que comunicaba la vía pública con el andén, para acceder a la tienda del local referido.
En su interior había un estante que parecía acabado de pintar y en cada uno de sus entrepaños, las botellas de la cerveza que brillaban intensamente, porque la dueña del establecimiento, Arcelia Montoya Vásquez, todos los día, y por más de setenta años, a partir de la una de la tarde, las estaba lavando en una tina que colocaba en un taburete al pie de tal estante y que secaba cuidadosamente con lo que llamaba el limpión. Y en frente le quedaba el mostrador que, una y mil veces estaba limpiando con una tela mojada, desde las primeras horas de la mañana, hasta la noche cuando se iba a descansar, y que mantenía tan limpio y lustroso como si lo hubiera acabado de instalar. Y no se diga nada del piso de la tienda y las bancas y el taburete que, en el local, tenía dedicados a sus clientes.

Nadie, jamás, se atrevió a entrar al establecimiento, con los zapatos sucios y, mucho menos, a botar al piso algo que dañara la presentación de su negocio, que fue siempre el paradigma del aseo y de la propia personalidad de la dueña. Sólo una persona que iba casi todos los domingos, con dos o tres amigos, permanecía allí toda la tarde, fue capaz de tomar por asiento el mostrador, y Arcelia siempre se lo permitió, porque era un hombre absolutamente pulcro en su presentación y decente en su manera de ser y que gozaba, además, del sitio en donde se encontraba. Fue Heliodoro Uribe, citado en otro capítulo, su mejor cliente y a quien soportaba que estuviera hasta pasadas las ocho de la noche, hora en que siempre cerraba su negocio.

Murió, esta enjuta mujer, de no más de 1.50 de estatura, hace alrededor de 50 años y todos los soachunos la recuerdan con cariño, lo mismo que del jardín que tuvo a su cuidado durante toda su vida, y del patio a que ya me he referido, el que comenzaba a barrer a las 5:30 de la mañana y dejaba decorado como si hubiese colocado allí una inmensa estera de la época.

En el mismo patio referido, los sábados hacia las ocho de la mañana traían un caballo que amarraban a uno de los pinos también ya señalados. Era para don Januario Gómez, dueño de la Hacienda San Jorge, quien a las nueve se iba en él para aquel sitio a inspeccionar su propiedad y regresaba a las cinco y se ubicaba en el corredor de la casa de Mariana Gutiérrez, al lado de la Estación del Ferrocarril del Sur, en donde tenía un depósito de papa y allí regalaba a unos 50 niños, monedas de 1 y 2 centavos, para cada uno, en ceremonia que repetía todas las semanas. Este humilde servidor que nació en una de las casas referidas atrás, recibía de don Januario cinco centavos, por, supuestamente, cuidar su caballo, cuando el trabajador de la Hacienda lo dejaba atado en el pino ya señalado, esperando su llegada de Bogotá.

Las fiestas anuales se celebraban con gran despliegue de la banda de música contratada al efecto por la Junta designada por el Alcalde y casi siempre conseguida por Guillermo Vega, soachuno por adopción, pero natural de Funza, de donde provenía el conjunto musical, que recorría las calles, tras decenas de niños que la acompañaban y gentes que lanzaban los tradicionales voladores “que eran los mejores” porque los vendía Visitación Heredia y, además, eran de “tres golpes y dos tun tunes” y terminado el recorrido, se ubicaban frente a la Alcaldía y, como los músicos no traían atriles para colocar las partituras, los niños se peleaban para pararse al frente de cada músico y tenerle la hoja correspondiente. Aparecían, entonces los bailarines en gran cantidad y nunca faltó Pedro y su esposa Isabel, a quien previamente le recordaba que debía “portarse como una dama.”

Se cercaba la plaza principal y se daban corridas de toros “Canogüeros”, de Fute, de media casta pertenecientes a las ganaderías bravas de la vecindad y ganado cebú. Se levantaban palcos a la manera española sobre los costados de la carrera 7ª y 8ª y la calle 13, y debajo de ellos se ubicaban las cantinas y las comidas típicas. Así fue famoso durante muchos años el Toldo la Balanza de Alfredo Vázquez y José Vicente Usaquén . De allí salían las dedicatorias musicales a las novias y se escuchaba preciosa música de los conjuntos y cantantes de la época. Desde esos micrófonos fui “víctima” de una oportuna y simpatiquísima dedicatoria que, supuestamente, hice a mi padre, pero que en realidad su autor fue mi apreciado amigo Víctor Garzón, que dio lugar a jocosos apuntes y risas durante mucho tiempo.

Hacía parte del festejo taurino la presencia por los alrededores del cercado de Juan Silveti “El Tigre de Guanajuato”, famoso torero mejicano, padre de unos ocho años y nacida en Bogotá.

Este torero mejicano famosísimo en su época no solo en su tierra sino también en España, debió asilarse en Colombia por algo más de diez años, por haber sido desterrado de su país, pese a la amistad que tenía con el presidente, por un terrible incidente político que le costó la vida a un militar del régimen. Viejo y perdonado volvió a Méjico donde murió, dejando su recuerdo a los taurinos del mundo.

También pasaron por aquí, aunque de simple espectadores, Vicente Barrera y Luis Ospina, de quien siempre se dijo, era de padre soachuno, y quienes en su época fueron matadores de toros. Fue un matador de toros de gran importancia y vivía en Bogotá y tenía negocios de madera en Soacha, hijo de torero y con hermanos figuras de la tauromaquia, Angel Luis Bienvenida, a quien se le veía diariamente hacia las cinco de la tarde esperando el bus para la Capital de la República, por mucho tiempo, hasta mediados de los cincuentas, cuando viajó a Brasil, donde también tenía los mismos negocios.

A las tres de la tarde, como en las grandes plazas, se soltaba el primer toro para los aficionados que llenaban el cercado y se hacía la buena montada, generalmente por Alfredo Bogotá, Ernesto Orjuela “Patojito” e Ignacio Gordillo, verdaderos maestros de este dificilísimo trajín. Aparecían, además, como toreros destacados, usando para ello una manta, Monono padre, e hijo, lo mismo que Chevecha, toda una dinastía de toreros, al igual que una gran cantidad de aficionados locales y otros venidos de Bogotá y poblaciones vecinas y, también nuestra torera Pacha Medina, que se llevaba los más sonoros aplausos y gritos de la concurrencia.

En cualquier momento aparecía también en la plaza, el apreciado Loló Rojas, famoso por las cogidas que le propinaban todos los toros, no importa que estuviera como simple espectador o corriendo por ella y, hasta lo increíble, por fuera de la plaza, sentado contra la barrera pero con las manos sobre la madera, cuando un toro se estrelló contra la viga y le reventó los dedos. Fueron tantas las cogidas que sufrió Lolo, que pasada una hora o más de iniciado el festejo, la gente preguntaba, ya cogió el toro a Loló? Además, en los palcos, la gente se preocupaba por la presencia o no de este gran señor y personaje importantísimo en las corridas que eran parte de los festejos anuales, en los que se hizo famoso el toro Bonete que durante mucho tiempo fue la primera figura por su bravura a pesar de que en la Hacienda Fute lo dedicaban a los trabajos más duros como llevar el arado para las siembras o a tirar el carro llamado de “yunta” que llevaba lo necesario para las necesidades de la Hacienda, pero en la plaza y con la gente que lo obligaba a envestir, se constituía en la verdadera fiera que veían desde los palcos. Murió Bonete en Fute, hace muchos años, sin gritos, sin gloria y sin música.

Para cercar la plaza se llevaba guadua y los jóvenes de la época la usaban poniéndole en la mitad de su extensión algo fijo para poder impulsarla y, sentado cada uno en sus extremos, subir y bajar permanentemente. Pero algunos para hacer caer al desprevenido del otro extremo, afianzaba los pies en el piso y movía la vara, lo que producía la caída del contrario ante la risa de los circunstantes y el juramento del golpeado de no volver a intervenir en tal juego al que no sé quién llamó Talabardote, por lo que si alguien invitaba al amigo a participar en el juego, le ponía la condición de que no le hiciera Talabardote.

También aparecían en la plaza los magníficos caballistas Víctor Julio Salazar, Hermógenes Escobar y el “Sapo” Guillermo, personaje de la vecina Bosa, quienes manejaban el ganado que se lidiaba en las fiestas.

Las viandas eran muchas y el ajiaco que preparaba Berna Cantor era el preferido por los naturales y visitantes, y se cocinaba en grandes ollas en los toldos levantados en la plaza. La chicha que acompañaba “el piquete” era preparada en la industria montada por Antonio Gallo, Emiliano Escobar y Jesús Vásquez, y de ella nos ocuparemos más adelante.

He traído a la memoria de mis conciudadanos estos gratísimos recuerdos de hechos tan ligados a mi tierra y, sobre todo, a la fiesta de los toros tan querida por una cantidad de gente que siempre la ha amado y la ha continuado viendo gustosamente, no solo en Soacha sino en las principales plazas de la patria, en sus ferias anuales, y en plazas extranjeras, por algunos, a donde los ha llevado su afición.

De igual manera para recordar a nuestros compañeros de tendido en la Santa María, que ya se cortaron la coleta, y ahora saborean las mieles de la gloria allá en la eternidad y que como Carmelo, el hermano de Silverio Pérez en el famoso pasodoble de Agustín Lara, se asoman a ver torear, como estoy seguro lo vienen haciendo Obdulio Prieto, Arturo Gutiérrez, Augusto Bejarano, Laurencio Sánchez, Jesús Gutiérrez, Luis Emilio Rincón, Gonzalo Monroy, Ernesto Galeano, Enrique Chía, Alejandro Monroy, Carlos Nieto, Luis Garzón y mi padre, responsable de mi indeclinable afición a los toros.

JOSE IGNACIO GALARZA M.

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