Por: Oscar Rodríguez Ortiz

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No pretendo en estas líneas enmarcar la actividad de la oposición política en Soacha. Me llovería rayos y centellas.

Diríamos primero que la oposición es como una relación entre dos que se excluyen entre sí o el fruto del consenso o del conflicto de intereses en la sociedad; por eso la oposición es tan vital para las democracias.

Es de recordar que, iniciando la década del 2000, uno de los líderes natos de Soacha, al ver perdido su ejercicio electoral a la Alcaldía, “instituyó” de facto un ensayo de oposición asignando funciones a unos cuantos del equipo, entre ellos al suscrito, en una especie de “Gabinete en la Sombra”. Fue así que entendimos que el electorado en cada elección decide qué equipo dirigirá la gobernanza del municipio durante cuatro años, conforme al programa de gobierno y que es ese equipo el encargado de “cumplir con la Constitución y la ley”, preparando el terreno para las siguientes elecciones.

Entendimos que la oposición debe defender y validar la disparidad de intereses, la tolerancia conceptual y las necesidades diversas como bases fundamentales de su existencia. Eso quiere decir dos situaciones, la primera, que la oposición podía estar totalmente ausente o ajena a un partido político, y la segunda, que la oposición existía y funcionaba así no se admitiera ni se reconociera por el Alcalde de Soacha de la época, quien no se atrevió a perseguirla por el hecho que se encontraba un exalcalde al frente de ella. Como vemos las variantes pueden ser diversas y las implicaciones políticas para el sistema son a la vez disímiles, al igual que sus consecuencias. En este caso se logró la destitución del Alcalde.

Es de nuestro pensar, siguiendo a Bobbio, que la oposición política solo es propia de la democracia y en Soacha no hemos tenido actos extremos de intolerancia política ni actos que nieguen el derecho de libertad política. Es en este sentido donde firmemente defendemos el derecho político de decidir sobre los asuntos públicos como un derecho natural del ser social. La sociedad como expresión de la pluralidad de los seres humanos tiene su propia identidad y su propia universalidad. De ahí que se deba hablar de sociedad y de ser social con identidad existencial y conceptual en el marco de la oposición.

Este planteamiento se hace porque a pocos días de posesionado el alcalde de turno se escuchan voces que “pontifican” sobre las soluciones a todos los problemas de Soacha, “acomodando” sus intereses como un derecho de la oposición, hasta criticando la semántica de algunas frases del discurso político, olvidándose que la oposición entraña un deber político con capacidad de proponer y proyectar políticas públicas de mayor y mejor calidad para conducir y dirigir a los ciudadanos.

Quienes salen a la luz pública anunciándose como dirigentes de la oposición sin asumir el rol político y las responsabilidades que esto conlleva, deberían rubricarse como meros contestatarios del poder. El derecho de la oposición implica, reiteramos, un deber político con responsabilidades. Exponemos lo anterior porque a la fecha solo vemos y escuchamos logos de oposición vociferante sin la intención de asumir responsabilidades, solo reivindicaciones adoptando una función obstruccionista, la que bien podemos enmarcar en la frase “no dejar gobernar” en la creencia de asegurar así el triunfo en la próxima elección. Es el caso de una coalición que obtuvo un escaño en el Concejo de Soacha que pretende encarnar las inconformidades sociales que abundan en el municipio. En este orden y siendo estas inconformidades de gran “calado” y muy variadas, bien se puede concluir que la oposición se hace más compleja e inestable, más aun, que los partidos integrantes de la coalición a la que hacemos referencia tiene una capacidad menguada para integrar y articular intereses y demandas por cuanto nuestra estructura social es muy heterogénea, debiéndose realizar estudios, trazar estrategias y formular proyectos antes de entrar en un desgaste innecesario.

Bien se sabe que las funciones de la oposición básicamente son tres: Como control y límite a las mayorías gobernantes; como defensa de los derechos de las minorías y como alternancia política de poder. Pero estas funciones deben incorporar el elemento propositivo y no obstructivo, que a largo plazo se torna en “el palo en la rueda” que no permite gobernar, causando daño a la gestión pública y de paso origina plena antipatía de los ciudadanos.

Lo anterior obliga a practicar una oposición con carácter competitivo y no obstructivo, máxime que en nuestro sistema tenemos un método multipartidista que exige más competitividad para un futuro triunfo electoral y conquista del poder. Pretendo significar, que nuestra oposición política debe tener una estrategia con medios y objetivos claros y ello implica reconocer, aceptar y defender el diálogo como un real instrumento político.

Es propio y esencial de la democracia que, como producto de las elecciones surjan los vencedores y los vencidos, o sea el sistema de las mayorías y de las minorías. Esta dinámica democrática es natural de toda elección; que haya unos ganadores que obtienen el derecho político de ejercer el gobierno y que existan unos vencidos que de manera igual conservan derechos políticos que se les debe proteger y respetar. Las minorías pierden el derecho a gobernar, pero deben ejercer el derecho del control político sobre los actos u omisiones de los gobernantes.

En conclusión, en el desarrollo de estos conceptos democráticos surgen el diálogo político, los consensos, los disensos, las alianzas políticas y sobretodo la opinión pública como expresión de participación política permanente, fortaleciéndose el tema político de la oposición con el fin de ratificar la gran diferencia que existe entre la práctica y la teoría política de la misma.