Caemos en manos de inescrupulosos funcionarios del Estado, que con su morosa prepotencia, arrogancia y sabiduría, adquirida al margen de los códigos de ética y de los manuales de funciones, imponen sus propias leyes y sus propias reglas como verdaderos advenedizos de la burocracia local, en la que la costumbre de hacer carrera en el servicio público se convirtió en una costumbre inveterada, para luego lanzarse a las oscuras y nauseabundas aguas de la política local sin reparar en la fetidez donde se consumen con todo su ser y toda su naturaleza.


“Así como los pueblos sin dignidad son rebaños, los individuos sin ella son esclavos”

El tiempo y el olvido se han venido encargando de borrar de la memoria el recuerdo de la altivez y el orgullo que caracterizaron en el pasado ya remoto a los primeros habitantes muiscas del pueblo suachuno.

Incluso hasta la tradición oral de las viejas generaciones se ha encargado de ayudar a guardar en el silencio profundo de la muerte y el olvido, la historia de un pasado honroso ahora ya difuso. Altivez y orgullo que se han disuelto en el más extremo y preocupante conformismo en las actuales generaciones, hasta el punto que la identidad y la dignidad han dejado de ser parte constitutiva del ser suachuno.

Al contrario de lo que nuestros antepasados hicieron frente al dominio imperial español, las últimas generaciones de soachunos ha venido hincado la rodilla y tendiendo la alfombra a una caterva de indeseables gobernantes y administradores de lo público como si ellos fueran los dioses del Olimpo.

Parece ser que estas últimas generaciones nos hemos convertido, sin darnos cuenta, en seres humanos proclives y sumisos a la obediencia ciega y la cerviz inclinada, entrenados en la aceptación incondicional de una inferioridad inventada desde la cuna, y cuya pobreza de espíritu no nos puede deparar más que un destino trágico ante la ausencia de visión y la carencia de sueños de libertad y dignidad.

Blindados con el traje de la insensibilidad egoísta en la que se arraiga nuestra indiferencia social, cobra mayor fuerza la ausencia de solidaridad y la fortaleza moral para terminar finalmente doblegados, entregados, regalados, cooptados, comprados, intimidados, humillados, postrados, aupados, renegados, regañados, ensalzados, halagados, engañados, excluidos, segregados, olvidados, explotados, utilizados, maltratados, manoseados, abusados, reputeados, perseguidos, juzgados, condenados, desaparecidos, torturados, desplazados, embargados, calumniados, exiliados, explotados, ignorados, abandonados, pisoteados, pateados en su en su amor propio o en su autoestima, como también suelen llamarla.

De lo contrario no se explica cómo y mucho menos nadie puede explicar tampoco, cómo este pueblo suachuno no reacciona frente a la inveterada costumbre al atropello de que es objeto, al desconocimiento y la transgresión cotidiana de sus derechos por parte de inescrupulosos empresarios del transporte de todas las prosapias, quienes les imponen a su arbitrio tarifas, rutas, incomodidad, riesgos y maltrato cotidianamente, cuando no es que los pone a caminar en cada ocasión que les da la gana; de oscuros empresarios de la minería que con la lentitud de la tortura invisible, envenenan nuestra respiración y arrancan a la naturaleza sus extenuadas y escazas raíces que la aferran al mundo y a la vida.

De los empresarios del crimen y el delito local que asolan calles y caminos, y que asesinan a sus indefensas víctimas sin que escuchemos en los estertores de su muerte y de su angustia una voz solidaría para nuestros congéneres más allá de nuestras hipócritas lamentaciones o de las venales y tardías intervenciones de la autoridad competente.

Caminamos orondos entre los excrementos de las famélicas jaurías que deambulan sin rumbo y sin destino, evitando caer en los profundos abismos de las estrechas aceras donde anónimos rostros se apostan diaria y definitivamente es estos espacios de todos y de nadie, en la lucha por la existencia cotidiana, para luego, como dijera un columnista, “devolverlos vueltos mierda”.

Nos aglomeramos en manada en hacinados espacios “públicos” como en las épocas de las primeras hordas, esta vez no para cazar, pescar o recolectar frutos parea asegurar la subsistencia, sino para disfrutar de un poco de esparcimiento y descanso marginal luego del cual dejamos atrás las sobras de nuestras hambres insatisfechas pero eso sí, de las necesidades fisiológicas totalmente desagraviadas.

Caemos en manos de inescrupulosos funcionarios del Estado, que con su morosa prepotencia, arrogancia y sabiduría, adquirida al margen de los códigos de ética y de los manuales de funciones, imponen sus propias leyes y sus propias reglas como verdaderos advenedizos de la burocracia local, en la que la costumbre de hacer carrera en el servicio público se convirtió en una costumbre inveterada, para luego lanzarse a las oscuras y nauseabundas aguas de la política local sin reparar en la fetidez donde se consumen con todo su ser y toda su naturaleza.