Este proyecto para los más de 70.000 pasajeros que a diario nos transportamos y que esperamos desde hace años el inicio de operaciones de la primera fase de Transmilenio en Soacha, vemos como la realidad del avance de las obras encuentra nuevos tropiezos que nos indican su aplazamiento. Mientras tanto a diario debemos hacer el recorrido entre Soacha-Bogotá y viceversa, utilizando como alimentador el bus o el colectivo que pagamos de nuestro bolsillo, asunto totalmente injusto, porque nosotros también somos habitantes de Cundinamarca y aun así al parecer por no tomar medidas de hecho no tenemos el mismo trato que los demás usuarios de Cundinamarca, como los que arriban al sistema por el portal de la 80, a quienes se les hace un descuento de $200. Ni que decir de la inexistencia de tarifas subsidiadas para estudiantes o para ancianos que debieran existir como de hecho existen en otras latitudes.


Cada día que utilizamos el servicio debemos apostar a que como dice Dangond, sea un día de buena suerte, pues el primer escollo a resolver en el viacrucis cotidiano consiste en que haya suficiente oferta de buses y colectivos con destino mínimo a Bosa, pues en ocasiones de manera inexplicable los buses y los colectivos desaparecen y los pocos que circulan viajan repletos de pasajeros. Si hay suerte y encontramos buena oferta de buses en tránsito hacia Bogotá es importante tener en cuenta que si somos hombres, debemos procurar estar cerca a una joven y linda chica, que también esté en nuestro dilema, esto es, que requiera un bus de transporte público y ojala que el servicio que ella espera nos sirva, pues de lo contrario será poco menos que inútil nuestro “aleteo” indicando la parada al bus.

Cuando por fin logramos acomodarnos en el vehículo que ha de transpórtanos hasta la primera parada en Bosa, debemos en ocasiones soportar con paciencia su lento discurrir por la autopista sur, el cual frecuentemente puede durar hasta cuarenta minutos, y luego debemos decidir si nos bajamos en la estación de Bosa o en el portal, o definitivamente si hay tiempo irnos allí dentro hasta el sitio de destino en Bogotá.

Sorteado este tramo y decididos por la estación de Bosa, nos aprestamos a tomar el alimentador “gratuito” de Transmilenio, que generalmente allí ya pasa atiborrado de pasajeros, procuramos subir al bus alimentador donde nos apretujamos unos con otros y al llegar al portal, cual si fuera una carrera atlética, nos apresuramos a bajar para llegar a las ventanillas a pagar los $1.700 de la tarjeta y si ya la tenemos a correr la registradora de ingreso para pasar de primeros a la fila de espera del bus articulado que nos llevará a la estación de transferencia, de lo contrario si quedamos lejos en la cola, ingresamos debidamente empujados al vehículo y allí dependiendo nuevamente de la suerte, pues si nos tocó como sitio de viaje el área de la puerta de ingreso al bus, permanentemente vamos a ser objeto de continuos “masajes” por cuenta de nuestros compañeros de viaje, que si además llegan a ser de aquellos que se suben al articulado a “trabajar sus destrezas”, nos despojaran del celular o de lo que llevemos en el bolsillo. Nuevamente se abre la puerta de salida en la estación de transferencia y viene la disputa por salir con aquellos pasajeros que necesitan entrar, al fin salimos y nos examinamos nuestras pertenencias para asegurarnos que aun estén en su lugar y caminamos por los destartalados caminos de metal hacia el vagón de transferencia; en el trayecto observamos en las paredes las hermosas tomas fotográficas que nos dejan ver lo armonioso y cómodo que podría llegar a ser el servicio que ofrece Transmilenio, pero que no se compadece con la realidad que se vive, así nos lo recuerda el ambulante que ofrece en venta algún alimento.

Ubicados en el sitio tendremos que esperar los quince minutos promedio que transcurren entre un bus en tránsito y el otro que nos llevará a nuestro destino, observamos que en la espera también nos acompañan entre otros, la señora con su niño de brazos y la persona apoyada con sus muletas, todos pendientes de la llegada del bus y cuando esto ocurre se repite la historia, aquí resulta curioso observar que las sillas azules destinadas para estas personas ya están ocupadas por algunos jóvenes, que sin reconocer las más mínimas normas de convivencia urbana, demostrando absoluto egoísmo, se niegan a dejar su lugar porque “para eso hay mas sillas” por lo que finalmente son los más adultos, quienes aun con algún rezago de buenas costumbres, terminan cediendo sus puestos a quienes con necesidad manifiesta los reclaman.

Renegamos por esto y por lo otro y sin embargo concluimos con tristeza que Transmilenio construye cada vez con más celeridad y firmeza en nuestros corazones, el deseo de que se genere otra forma de transportarnos, pues todos los días es más evidente que este monopólico sistema empresarial, sediento siempre de mayores ganancias, como sus “primos” de la salud, los hace indolentes y sordos ante las críticas de nosotros sus obligados usuarios, pues es claro que al monopolio lo que menos le importa es la opinión de sus usuarios. La primera fase de Transmilenio en Soacha que seguiremos esperando por otros meses o quizás años, tal vez cuando llegue, ya no será motivo de alegría, sino de marcada resignación.