No es común encontrar escritos relacionados con Colombia en la prensa española que llenen nuestro espíritu y satisfagan nuestro orgullo con lo que allí se expresa. No obstante, el 20 del mes en curso el columnista de EL PAIS de la ciudad de Madrid, don M. A. BASTENIER, escribió una columna denominada “DE LA PAZ A BOGOTA”, que dice lo siguiente:


“El secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), José Miguel Insulza afirmaba a poco de su nombramiento que América Latina no era la parte más pobre del planeta, pero sí la más injusta. Y aunque no hay una correlación mecánica entre desigualdad y revolución, es un factor a tener en cuenta al igual que las expectativas frustradas, como predicaba Tocqueville de la Revolución Francesa; los sistemas puramente electorales de bajísima densidad democrática: o, globalmente, la colonización del Estado por minorías no elegidas.

Contra esas situaciones se alzan en América Latina tres revoluciones auto homologadas, dos con fuerte componente étnico-indígena, en el que basa su actuación el presidente boliviano, Evo Morales, y más bien lo sufre un proceso canceroso en Venezuela. Existe, sin embargo, una cuarta que jamás se denominaría a sí misma revolución, o le pondría tantas comillas como hicieran falta para no asustar a nadie, pero que se propone una transformación tan completa que no le cede en ambición a las anteriores. Es la Colombia del presidente Santos.

Las tres revoluciones, programáticas, instaladas por vía impecablemente electoral, han descubierto que esos cuerpos intermedios de la sociedad, en esencia los grandes poderes económicos y su nomenclatura, hacían muy difícil si no imposible el estancamiento sobre una base más o menos socialista de una igualdad básica de oportunidades entre ciudadanos sin distinción de color, clase o herencia. Y, llevadas del natural autoritario de sus líderes, o de la prisa de quien tiene o tenía no más de dos mandatos para efectuar el milagro, esas revoluciones están deteriorando el sentido profundo de la democracia.

Así, en Ecuador, se iniciaba la semana pasada un período de 18 meses para renovar el aparato judicial, con la autoridad que le concedía al presidente un referéndum que solo ganó por un puñado de votos, lo que se traducirá en el masivo nombramiento de magistrados afectos al poder. En Bolivia se pretende, paralelamente, repartir las frecuencias audiovisuales entre tres actores: Gobierno, oposición y organizaciones sociales, a sabiendas de que estas últimas son meros implantes, con limitado margen de maniobra, del Gobierno de La Paz. Y en Venezuela el acoso al pluralismo hace ya tiempo que viene intensificándose de manera inclemente.

La revolución de Colombia es formalmente muy distinta, pero en cuanto a la tarea, resultas igualmente abrupta. E l presidente, instalado el año pasado, se ha encontrado con un país en el que los volúmenes de corrupción, malversación de fondos públicos y violaciones de los derechos humanos, que ahora se destapan, sorprenden por su magnitud incluso a una oposición tan avezada como la colombiana. Millares de alumnos de enseñanza pública, a los que se asignaban copiosos subsidios, solo existían en un estadillo de oficina; cuantiosas devoluciones de IVA falsificadas iban a parar a los bolsillos de los más pícaros y sus allegados; una madeja de espionaje telefónico a políticos, empresarios, intelectuales y personalidades de todo tipo, era comparable con ventaja al escándalo británico de News of the World, por que se hacía directamente desde el poder; y sin agotar la relación, está el caso ya conocido de los falsos positivos, eufemismo local de asesinato nada selectivo de campesinos y gente que pasaba por allí pero que complica progresivamente a mayor número de militares.

El presidente colombiano va adelante con la reforma de la justicia para hacerla más ágil y ponerla al servicio de la ciudadanía con la reforma política, que es una de las grandes vías para atacar la corrupción; y con el premio gordo que por sí solo debería reinventar Colombia: la devolución de varios millones de hectáreas arrebatadas a sus legítimos propietarios y de las que les expulsaron las bandas paramilitares, las FARC y ejércitos privados de desaprensivos en general de lo que ya aparecen los primeros frutos, como son las tierras recuperadas por el Estado para su distribución entre una ingente población de desplazados.

Las tres evoluciones de formato estándar, chavismo en Venezuela, masas indígenas en Bolivia y mesocracia compungida en Ecuador, difícilmente se muestran plenamente compatibles con los usos democráticos ¿para qué hacen falta las revoluciones? La cuarta en cambio, posee todos los elementos de una conmoción revolucionaria, aunque aspire a todo lo contrario, a alejar el espectro de aquellas otras revoluciones mediante la normalización o equiparación de Colombia a los valores de más alta densidad democrática que se conoce.”

Hasta aquí la columna de don M. A, Bastenier que dice mucho de la actual situación de nuestra querida Colombia, muchísimas veces vilipendiada por la prensa universal y que los lectores de www.periodismopublico.com sabrán valorar por aparecer en EL PAIS, primer periódico español y escrita por uno de los más leídos columnista de este diario.

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