La frase de Martin Luther King “Para tener enemigos no hace falta declarar una guerra, sólo basta decir lo que se piensa”, quiero utilizarla como piedra angular en la construcción de un editorial conmemorativo al Día del Periodista, fecha en la cual se expresa el reconocimiento público a un oficio de por sí asechado por toda clase de amenazas…


Para nadie es un secreto que el periodismo es una de las profesiones más riesgosas de la actualidad, sobre todo en un país en el cual no es fácil vivir, pues a diario se atropellan todos los Derechos, sin que haya quien logre reivindicarlos, y todo aquel que salga a defenderlos, en nombre propio o ajeno, se convierte en cabeza visible para quienes, desde una violencia no subversiva, llegan a ser tan terroristas como aquellos en quienes recae tal calificativo.

Cotidianamente quienes ejercemos el periodismo, vemos, oímos o se nos informa, sobre hechos atentatorios contra la violación de los más elementales Derechos consagrados en nuestra Carta Magna o en los tratados internacionales firmados por nuestro país; sin embargo, la terrible realidad discurre frente a una sociedad cada día más insensible y aterrorizada, llegando en algunos casos a negarse a la denuncia, pues los organismos encargados de brindar apoyo no cumplen con sus funciones o se hacen los desentendidos cuando de por medio hay afinidad en sus labores o intereses particulares.

Casos aberrantes, como el del conductor asesino de cuatro miembros de una misma familia residente en Soacha, son uno de los muchos ocurridos, en los cuales la justicia pareciera taparse los ojos, no para ser imparcial, sino para burlarse de los amañados veredictos de nuestros venales jueces.

Otro similar sucedió el pasado cuatro de febrero minutos antes de las siete a.m.: Cientos de ciudadanos usuarios de Transmilenio en la estación San Mateo pudimos observar cómo un joven que obvió hacer la inconcebible fila y pretendiendo saltar la baranda del puente, fue brutalmente golpeado por cuatro jóvenes bachilleres y dos patrulleros de la Policía, quienes con bolillos y descargas eléctricas lo dejaron con lesiones personales y un reposo médico de tres días. Lo insólito: siente terror de denunciar tal atropello pues teme represalias de quienes inmisericordemente le hicieron expresar: “Nunca en mi vida me habían golpeado de semejante manera, me siento morir, no puedo ni pararme siquiera para ir al médico…”

Y uno, testigo de excepción en semejante deshora, no es menos temeroso, pero tampoco menos humano, ni menos creyente en una justicia real y en una paz que vaya mucho más allá de la firma de un tratado entre guerrilla y gobierno.

Ángel David Esguerra

Premio Nacional de Periodismo Antonio Nariño 2014