La toma de una decisión en el ELN no es nada fácil. Su colectivismo es casi paralizante. Su lentitud no obedece solamente a que estén anclados en el mundo rural, sino a su modelo organizacional. Combinan una estructura federada alrededor de frentes y áreas territoriales, con formas colegiadas de dirección. Esa “dirección colectiva” la adoptaron para superar la desafortunada huella de la comandancia unipersonal de Fabio Vásquez Castaño.


Y en asuntos de paz los elenos son especialmente lentos. Deben saber que una negociación, si es exitosa, compromete su existencia como organización guerrillera. Quizás por ello hasta esta semana conocimos un pronunciamiento oficial de Nicolás Rodríguez Bautista, “Gabino”, el número uno del ELN, quien anunció la disposición de este grupo a construir un escenario de diálogo con el Gobierno Nacional. Aunque mucho se rumoró, en estos meses, de la existencia de contactos exploratorios entre voceros de ambas partes precisamente para viabilizar unos diálogos de paz.

Es una muy buena noticia. Quienes conocen el conflicto armado colombiano saben que una paz sin los elenos es una solución incompleta. Ha sido una voz más bien urbana que se levantó en armas contra el excluyente Frente Nacional. Y que vinculó su insubordinación armada a importantes demandas y conflictos territoriales. El reclamo por la autonomía territorial o el debate por la defensa de los recursos naturales son asuntos de su agenda política. Ello les concede un perfil propio, distinto a las FARC. También su impronta cristiana les ha servido de dique de contención frente al narcotráfico.

En la declaración, “Gabino” repite dos viejas ilusiones del ELN. Quieren una paz global en un mismo escenario con las FARC. O una sola mesa. Insisten en que “en algún momento” deben juntarse los dos procesos. Quizás la geografía de nuestro conflicto armado indique que estamos en presencia de dos fenómenos armados relativamente distintos que merecen escenarios paralelos y diferenciados. Recordemos que la exitosa paz de los noventa se fue haciendo con cada grupo por separado. Y que el intento de “paz global” de Caracas y Tlaxcala fracasó por ambicionar, malcopiando la experiencia salvadoreña, un acuerdo con todas las guerrillas. Quizás la existencia de dos mesas de dialogo simultaneas ayude a que un proceso retroalimente al otro y viceversa. Y Que caminemos al ritmo del más rápido y no del más lento.

La otra ilusión es maximalista. Tienen la buena intención de que el diálogo comprometa a toda la sociedad. Que la paz sea el resultado de un gran pacto social al que se supeditaría el ELN. El problema de ese “modelo” es que condenamos la terminación de la confrontación armada entre guerrilla y Estado a la solución de todos nuestros conflictos como sociedad. Porque una cosa es construir acuerdos para desactivar variables que explican la violencia política y otra muy distinta creer que todos nuestros conflictos se explican o caben en el conflicto armado. Claro que la paz necesita participación ciudadana. Pero eficaz y funcional, con un referéndum para validar los acuerdos. Y que le imprima velocidad a la paz.