Hoy tengo que confesar que si bien sabía que Antonio Ungar era un escritor colombiano, no comencé a leer un libro suyo hasta que ganó el Premio Herralde (1) de novela (2010) y terminé rápidamente otro apenas supe que lo iba a entrevistar.


Les puedo decir que este escritor hizo parte del llamado grupo Bogotá 39 (2), y que sus cuentos han sido publicados en antologías en diferentes idiomas, reunidos en el libro Trece circos y otros cuentos comunes (2009).

Antonio Ungar, bogotano (1974), arquitecto de la Universidad Nacional, tenía claro que su vida era ser escritor. Como se ha movido bastante, ha sentido la difícil vida de emigrante e inmigrante, sobre todo para sacar adelante sus libros, o su escritura, o ambas: Inglaterra, la selva colombiana, Barcelona, México, aterriza en un Taller Literario muy importante en Iowa (Estados Unidos) hasta terminar viviendo al mismo tiempo entre Palestina e Israel, lo que le permitiría escribir una serie de crónicas sobre ese conflicto en la revista Semana (3) hasta que alguien se incomodó. De cronista, sus escritos han sido publicados en diversos periódicos y revistas de nuestro país, América Latina y Europa. Cabe anotar que fue Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar (2006).

Sobre su libro de cuentos Trece circos comunes, les presento un fragmento (4) en el que el mismo describe su proceso de escritura:

El primer cuento del libro Trece Circos Comunes se me apareció durante una noche de insomnio, en 1995. Vivía en la casa de mis papás en Bogotá y estudiaba arquitectura en la Nacional. A las tres de la mañana, aburrido de estar en la cama, salí a la calle, prendí un cigarrillo, estuve mirando las estrellas y mientras regresaba a mi cuarto me quedé como hipnotizado mirando la sala. La vi llena de soldados. Soldados de otro tiempo, malheridos, acampando en la ordenada sala de mi familia. Fascinado por la imagen me fui al cuarto, estuve en la cama otra hora y cuando no aguanté más, subí a la buhardilla en donde estaba el computador de la casa y de un solo tirón, hasta que amaneció, escribí el primer borrador del cuento «Un circo para el señor Higueras».

Posteriormente apareció otro libro de cuentos, De ciertos animales tristes y las novelas Zanahorias Voladora (una historia de inmigrantes que él conoce al dedillo), Las orejas del lobo (me gustó mucho; la vida desde la óptica de un niño) y Tres ataúdes blancos, merecedora del mencionado Premio Herralde: si bien es una historia ficticia, una parodia, en un país ficticio llamado Miranda, uno sin querer hace memoria y termina descubriendo personajes, lugares e historias que necesariamente se vuelven reales.

Alguien le dijo que su parodia lo iba a meter en problemas. Yo no creo: el día que nuestra clase dirigente lea literatura, dejaremos de ser nosotros mismos, y ese día no está cerca”.

Antonio en entrevista para El espectador.

Por lo pronto, los dejo en este corto diálogo con este gran escritor que muy amablemente me respondió algunas preguntas y que no le gustó ni cinco que le dijera Maestro. Aunque quisiera contar tantas cosas, esta es la cuota inicial esperando que sea la curiosidad de los lectores de periodismo público la que les permita abordarlo desde diversas posibilidades; por ejemplo, sus libros:

Antonio, ¿Un escritor nace o se hace?

Un escritor nace con talento para contar historias, pero eso no sirve de nada si no se lee y se escribe muchísimo (y ojalá años antes de intentar publicar).

Usted vivió en la selva. ¿Que significó para usted esa etapa y que aporta esta experiencia a sus libros?

Esa etapa me enseñó que todos los valores que asumimos como normales en las ciudades son relativos. Todo lo que yo había aprendido en la vida no me servía de nada en la selva. Un tipo de ciudad como yo no sobrevive solo en la manigua más de dos o tres días, ésta requiere de un tipo de conocimiento completamente distinto al que en occidente consideramos como el único válido. La selva también me sirvió para darme cuenta de cómo somos de pequeños e insignificantes los seres humanos frente a esa inmensidad tan poderosa. Algo de ese ritmo propio de la selva, de esa vida no humana, de ese silencio lleno de ruidos quedó en mis cuentos.

¿Estaría bien decir que “Trece circos y otros cuentos comunes” son una reflexión sobre lo que somos los colombianos, lo que vivimos, lo que sentimos?, ¿Por qué escogió el circo como escenario?

Esos cuentos hablan de situaciones comunes entre los seres humanos (por ejemplo en la familia, en la calle, en el trabajo) y de cómo esas situaciones aparentemente comunes cuando son observadas con una cierta distancia pueden convertirse en situaciones circenses, espectaculares, dignas de ser disfrutadas por un público. Habla de cómo todos, de alguna u otra manera, actuamos, interpretamos papeles y montamos nuestros propios circos. No necesariamente es una reflexión sobre el ser colombianos, muchos de los personajes del libro no son colombianos y muchas de las historias suceden en otras geografías.

“Zanahorias voladoras” es una experiencia de inmigrantes. La frase “todos queremos salir a buscar una mejor vida en otros lugares pero nos falta encontrarnos primero a nosotros mismos, solo que no hay tiempo para eso”, ¿describe en algo esta novela?

Esa frase tiene que ver con el universo en el que sucede la novela, sí. Es la historia de un emigrante colombiano en Europa, que por ‘no haberse encontrado a sí mismo’ acaba metido en una pesadilla cada vez más profunda y bizarra de la que no sabe si podrá despertar.
En su novela “Las orejas del lobo” encontramos la vida desde el punto de vista de un niño, con sus fantasías y su mundo incomprendido por los adultos. ¿Para ser escritor hay que tener visiones de niño?
Yo creo que es importante no olvidarse del todo de la forma en que se ve el mundo siendo niño. Hay en ese punto de vista una fuerza especial, inocente, salvaje, muy creativa; es un punto de vista que no está todavía condicionado por la cultura, por las costumbres o por la búsqueda de resultados prácticos.

¿Cuando la realidad es superada por la fantasía, se hace más complicado escribir? ¿No es el caso de Tres ataúdes blancos?

En el caso de Tres ataúdes blancos la realidad de la que partía el libro era la violencia y la política colombiana de los últimos veinte años. Esa realidad ha sido tan atroz, tan desgarradora, tan terrible, que mi trabajo consistió en escoger algunas pocas historias que resultaran verosímiles. En un primer borrador había incluido más historias reales, sacadas de la prensa o de declaraciones de paramilitares o guerrilleros, pero cuando ese borrador estuvo acabado y fue leído por amigos parecía inverosímil, no era creíble tanto horror.

¿Antonio, el premio Herralde significó más para el país literario que para el escritor?

Me gustó ganarme el Premio porque me permitió agilizar un proceso que normalmente tarda muchísimos años y que casi siempre queda incompleto: el de llevar los libros a todos los países de habla hispana. También me sentí contento de saber que un jurado compuesto por escritores que respeto hubiera distinguido mi novela. Al mismo tiempo no creo que en literatura se puedan aplicar las categorías de ‘el mejor’ o ‘el peor’, creo que corresponden más al mundo de los deportes, por ejemplo, en donde los records y las marcas son cuantificables. En ese sentido no creo ser ‘mejor’ o ‘peor’ que nadie.

Su próximo libro

No sé. En los ratos libres que me quedan después de trabajar y de criar a mis hijos estoy preparando tres historias simultáneamente. Todavía no he decidido cuál desarrollaré primero.

¿Por qué no leemos los colombianos?

Creo que hay tres causas principales. Las clarísimas y lamentables deficiencias de nuestra educación básica; el hecho de que los libros sean tan caros comparados con los salarios (es inaudito que una novela cueste el 10% de un salario mínimo: si hay que escoger entre comer y leer, no hay duda posible); en un país en el que la educación básica es deficiente y los libros son carísimos, la llegada de la cultura audiovisual de internet no ha contribuido a aumentar los índices de lectura.

Un mensaje para los 500 mil habitantes de Soacha, un sitio de encuentro de culturas, éxodos, sueños y patrimonio arqueológico de Colombia

Valoren sus propias historias. No tengo que decirlo yo, estoy seguro que ya hay mucha gente trabajando en ese sentido en Soacha. Esas historias, que son el resultado de migraciones, sufrimientos, dichas, mezclas, encuentros y desencuentros humanos, tienen un valor inmenso. Vale la pena ser conscientes de ese valor y encontrar maneras de contar esas historias (a través de las conversaciones, de la música, del cine, del teatro, del arte, de la literatura o de cualquier otro medio).