A propósito del aniversario de León Tolstoi y su obra La guerra y la paz, esta prestigioso obra alude a unos términos de moda en el país, si bien no se relacionan con el auge de la lectura de este clásico, sino con la connotación que ha adquirido en el gobierno actual: la Unidad Nacional se identifica con el sencillo mensaje de que ellos son la paz, mientras que a la oposición (llámese uribismo) la relacionan con la guerra. Pero resulta que ni unos son la paz y los otros tampoco son la guerra. Las definiciones en negro y blanco en un fenómeno social de esta naturaleza son demasiado simplistas para explicar, aunque eso sí, son fáciles de vender.


Según el informe de las Naciones Unidas (ONU, sigla por su denominación en inglés), específicamente el de su Oficina para el Seguimiento de la Droga y el Delito, la tasa de muertes intencionales en Colombia es de 30,8 por cada 100.000 habitantes, y de estas solo el 19 % son causadas en hechos asociados al fenómeno guerrillero, llámese FARC, ELN y otros grupos de esta naturaleza. Significa esto que ellos aportan a este deshonroso ratio seis muertes de las 30,8. Es un número escandaloso, pero también nos lleva a otras conclusiones no menos importantes: el proceso actual de negociación con las FARC no va a darnos la paz; reducirá en algunos puntos el número infame de 30,8, estimaría que entre dos o tres, para quedar entre 27 y 28 muertes por cada 100.000 habitantes.

No creo que el secretariado y la estructura negociadora de las FARC en La Habana tengan el control absoluto de todos los que dicen llamar sus combatientes. Posiblemente habrá algunos frentes de esta guerrilla que sí, pero otros emplean el nombre como franquicia, solo para tener un sombrero político protector para todas sus fechorías. Es un “gana gana” entre ellos. Por un lado, las FARC muestran un mayor poder de adelantar actividades guerrilleras, y, por el otro, los franquiciados podrían sacar provecho en rebaja de posibles sanciones penales, justo como lo hicieron los paramilitares, y así continuar con sus pillerías.

En una expectativa absolutamente optimista quedarían 24,8 muertos por violencia, que son consecuencia de otras clase de delincuencia: organizada, común y otras.
Somos una nación violenta e intolerante, creada sobre su falta de fe en las instituciones; sabedora, por un lado, de que una conducta punible tendrá un 5 % de posibilidades de castigo y, por el otro, de que los daños que me infrinjan, por lo menos en esta vida, no tendrán resarcimiento o justicia, y como el contrato social no se cumple, se acude a tomar la justicia por cuenta del agraviado: un regreso al estado primitivo de los contractualistas.

Independiente de los resultados de La Habana, el camino por recorrer para la nación colombiana en su fin sublime de conseguir la paz será largo y trágico. Todavía tendremos muchos compatriotas que serán victimas de nuestra naturaleza violenta.

Sí hemos progresado, y mucho, pero para alcanzar los niveles de países desarrollados, 7 por cada 100.000, tal vez necesitemos décadas. Enfermedades sociales como la corrupción, el bajo nivel de educación y la ausencia de un espíritu colectivo de nación forjado en valores nacionales retardarán el sueño de paz.