Lo que comúnmente se conoce de Soacha es que es un municipio receptor de desplazados, pero muy pocos se detienen a pensar qué historia hay detrás de cada persona que llega “desterrada” de otra región, bien sea por el conflicto armado o por las condiciones de pobreza y desamparo que viven los campesinos del país. Son cientos de versiones y cada persona tiene una razón que explica por qué llegó a una ciudad tan convulsionada, desorganizada y llena de problemas.


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Juliana Tangarife es una mujer campesina y madre cabeza de hogar desplazada por la violencia, con quinto de primaria y con el corazón lleno de cicatrices y amarguras que retumban su vida diaria.

El inicio de la tragedia de esta mujer comenzó un 23 febrero del año 1993, justo cuando fue a mercar al corregimiento de Bolívar- Santander. Ese día varios militares tomaron la zona, pero ella pensó que todo fluía con normalidad (el conflicto bélico que se llevaba a cabo solo se veía por televisión, era una realidad que parecía lejana, algo así como una historia de cuentos).

No sé, nunca pensé que yo fuera a pasar por esa situación, imagínese usted llegar a la plaza y ver soldados, uno pensaría que lo están cuidando, pero esos “H.P.” llegaron fue a destruir sueños”, dijo.

La gente notaba que algo extraño pasaba, pero Bolívar se caracteriza por ser un pueblo tranquilo. Los hijos de Juliana ya estaban “grandes”, Luis era el mayor, tenía 19 años y se dedicaba a cosechar en su pequeña finca; su mejor amigo se llamaba Edison, salieron juntos del colegio y hacia un año se había ido con el grupo armado Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) porque prometía cambio y protección al pueblo. “Ellos hacían limpieza, no había muchachos viciosos ni atracadores, además publicaban pancartas con el nombre de las juntas del pueblo que sacaban por malas. Se la pasaban en los alrededores y la gente les brindaba comida”, agregó Juliana entre lágrimas.

Ese día algo extrañada decidió ignorar las sospechas que la agobiaban; volvió a su casa y a la semana siguiente bajó de nuevo al pueblo, esta vez se escuchaban rumores de que habían encontrado a dos jóvenes muertos en las afueras.

El tendedero le comentó que tenía que ver con los uniformados, pero la gente pensó que más bien era con la guerrilla, hasta que una tarde, en las afueras (límites con Vélez) se escucharon fuertes disparos. Sin embargo, como la policía del pueblo no ejercía poder, todo quedó olvidado y a partir de ese momento fueron el blanco de la violencia; el gobierno no hacia presencia y pronto se supo que todo se planeaba desde Barbosa y Vélez (Santander).

El corregimiento de Bolívar sólo era otro estadio de guerra, se empezó a escuchar el nombre de las Autodefensas Armadas de Colombia (AUC), mientras los otros dos hijos de Juliana ya no podían ir a la escuela (Lina y Gloria) por la situación que agobiaba al pueblo. Luis, el otro de la manada, había decidido dejar a su madre cuidando la casa mientras él bajaba por el mercado; esa mañana se escucharon disparos en la carretera, sonidos que alertaban la presencia de armas y violencia. Así fue como Bolívar comprobó con las almas de su tierra, el infierno en el que se ahogaba esta parte del territorio colombiano.

Los noticieros reportaban y disfrazaban el llanto y el clamor de madres, padres e hijos que abandonaban a seres queridos a mitad de un fusilamiento por no acatar órdenes, las AUC enfrentaron al pueblo, matando a docenas de personas por posibles nexos con las Farc.

Muchos salieron desplazados de sus tierras, el enfrentamiento entre los dos grupos armados dejó devastado el pueblo; las víctimas que soportaron el conflicto y crímenes atroces de ambos bandos fueron los campesinos y habitantes de la zona.
Semanas después, Juliana recuperó el cuerpo de su hijo, abandonado al lado de una peña que componía las montañas del caserío a pocas horas del pueblo, nadie dio razón por qué fue asesinado, además en la vereda donde se encontraba fue amenazada y toda la gente fue desplazada hacia diferentes zonas del país, perdiendo sus bienes y dejando todo a merced de aquellos delincuentes. El gobierno no se manifestó ni reporto ningún asesinato en la zona.

Tiempo después, en el año 2010, con la reparación de ley de víctimas, Juliana obtuvo un subsidio en Soacha, donde actualmente vive.

La última participación que tuvo con respecto al conflicto bélico del que fue víctima, fue en las pasadas elecciones del plebiscito, donde por una pequeña diferencia perdió el “SI”.

“Es triste saber que todo lo que sufrimos no sea lo suficiente como para que se acabe la guerra, es absurdo pretender que personas votaran por el NO cuando no tuvieron una participación en el conflicto, y es más triste saber que la muerte de mi hijo solo vivirá en mi cabeza, porque para nadie significó nada”, finalizó.

Manuel Romero (Charles Plaidy)