Un nuevo e interesante aporte de opinión para periodismopublico.com, la universalidad y reflexión social una vez más se hacen presentes en nuestro espacio. Damos la bienvenida a Néstor Pedraza y sus importantes aportes intelectuales que ofrecen al lector una mirada analítica de la realidad.


Juan Villoro ha ganado el Premio Internacional de Periodismo Rey de España en el apartado Iberoamericano 2010 con su trabajo “’La alfombra roja, el imperio del narcoterrorismo’”, publicado en el diario español “El Periódico de Catalunya” el 1 de febrero de 2009 [1](Descargar notas al final del documento) . Un recorrido claro, sin rimbombancias, por la ruta que llevó del gobierno oscuro y la violencia de los carteles oculta y lejana, al gobierno visible pero caótico y la violencia de los carteles mediatizada e incrustada en la vida diaria de todos los mexicanos. Si ya sabemos que los medios masivos de comunicación lo son más de desinformación, y que están principalmente al servicio de los intereses de los gobiernos y los grandes emporios económicos [2], debemos ser más claros y reconocer que los medios masivos de comunicación están al servicio del capital, y el capital está en buena medida, en manos de los narcos. Peor aún, en la era de la globalización, deberíamos ser más claros todavía y decir que los mass media están al servicio de los mercados (esto es un negocio, diría cualquier dirigente de periódico, revista o noticiero), y uno de los mayores mercados es el de las drogas. Por eso, no es de extrañar que Villoro nos cuente en su artículo ganador:

“A veces, los criminales graban sus ejecuciones y envían videos a los medios o los suben a YouTube después de someterlos a una cuidadosa posproducción. La mediósfera es el duty-free del narco, la zona donde el ultraje cometido en la realidad se convierte en un ‘infomertial’ del terror.”

Para nadie es un secreto que en Colombia, el presidente Uribe no sólo ha procurado enquistarse en el poder, sino que también se ha esforzado (con amplio éxito) en reunir la mayor cantidad de poder en su persona, cooptando buena parte de los tres poderes estatales [3], pero también, manteniendo de su lado a los medios de comunicación, que se han hecho especialistas en lanzar cortinas de humo para disminuir los efectos de los escándalos que a cada paso surgen en relación a la figura del presidente [4] y al gobierno en general [5]. Exactamente lo mismo (con menos disimulo y menos sutileza) ha hecho Chávez en Venezuela [6]. Si, como dice Villoro, en México “al modo de los Cuatro Fantásticos, los Poderes Fácticos gobiernan en la sombra”, en Colombia y Venezuela los “cuatro poderes” gobiernan pasándose la ley por la faja, torciéndola, cambiándola o alterando la constitución a plena luz, de frente y sin vergüenza, justificándose en unos índices de popularidad que para muchos, son prueba de la ignorancia y la estupidez de nuestros pueblos, pero que para mí son el fruto de largos años de esfuerzos (en Colombia, no habría tenido Uribe el apoyo que ha tenido sin el trabajo previo de Pastrana, cuyo mayor logro fue convertir a un país que estaba dispuesto a recurrir a la estrategia de “tierra quemada” si los gringos venían a hacer de las suyas en su territorio, a un país que pedía a gritos la presencia gringa, y que hoy se alegra de entregar siete bases militares a los soldados del norte [7]).

Para nadie es tampoco un secreto que en Colombia el narcotráfico ha permeado por completo todos los niveles de la sociedad y el estado, en un proceso continuo y cada vez más sofisticado, a partir de la bonanza marimbera de los años 1970 [8]. Si pensamos que en Colombia hemos vivido en este gobierno una historia similar a la de la película Tráfico [9], donde los duros golpes al cartel del Norte del Valle sólo han servido para favorecer la actividad del (no pronuncies este nombre en público) cartel de Antioquia [10], podemos decir que, así como los Tres Mosqueteros eran cuatro, nuestros Cuatro Fantásticos son en realidad cinco, y el quinto es el que mueve las ruedas de los otros con un abundante y continuo flujo de caja. Pero el asunto no para allí.

El dueño de la multinacional colombiana DMG está preso en Estados Unidos bajo cargos de lavado de activos del narcotráfico, y la líder de la iglesia carismática G-12 (una de las más grandes del país), actual senadora uribista, ha sido investigada por enriquecimiento ilícito con dineros de los narcos [11], mientras que buena parte del congreso ha sido vinculado a investigaciones relacionadas con narco-paramilitarismo. Sabemos que tanto las FARC y otros grupos guerrilleros, como los supuestamente desmovilizados paramilitares [12], comenzaron a recibir dineros de los narcos al proteger sus laboratorios, y luego comenzaron a producir ellos mismos la droga (de hecho varios “jefes paramilitares” en realidad eran capos del narcotráfico que se hicieron pasar por paras para acogerse a la ley de Justicia y Paz [13]). Conocemos también el estrecho vínculo y la connivencia entre paramilitares, fuerzas armadas [14], políticos de toda laya y de casi todos los partidos (mayoritariamente los de gobierno) [15], grandes empresarios colombianos y multinacionales gringas [16], e incluso algunos miembros de la iglesia católica [17]. El gobierno y algunas organizaciones han insistido también en la relación entre las FARC y algunos políticos, intelectuales y ONG [18]. De modo que, como dice Villoro, “hemos llegado a una nueva gramática del espanto: enfrentamos una guerra difusa, deslocalizada, sin nociones de ‘frente’ y ‘retaguardia’, donde ni siquiera podemos definir los bandos” [19]. A esto contribuyen los medios de comunicación que nos bombardean con noticias aderezadas de medias verdades, escándalos propiciados para esconder los otros escándalos, escenas atroces en las que uno termina mezclando los muertos de unos con los de otros y otros, todo decorado con reinas, fútbol y farándula. Al finalizar el día, lo único cierto es que no se sabe qué pasó, pero queda clara la idea de que es mejor no pensar mucho en el asunto.

Las FARC, el narcotráfico y la delincuencia común nos han enseñado en las últimas 3 décadas que nadie es demasiado pobre, anónimo o asocial como para no ser secuestrado o volado en pedazos. Los paramilitares y sus socios industriales, empresarios y militares, nos enseñaron que también somos buenos candidatos para ser descuartizados con machete o motosierra. Es una Violencia Democrática, sin distingo de sexo, etnia, religión, ideología o condición socioeconómica. Hay para todos. Y aunque suene a ciencia ficción, Villoro nos dice que en México, “en la nueva atmósfera del miedo, diez mil empresas ofrecen servicios de seguridad y tres mil personas se han injertado un chip bajo la piel para ser detectados por radar en caso de secuestro”. Es ese miedo, hábilmente encauzado por los medios de comunicación, el que hace que los colombianos sigan justificando la existencia de la política de “seguridad democrática”, con sus falsos positivos, su red de informantes y su impunidad [20], a cambio de la falsa idea de que todo el que muere “será por algo que lo mataron”, y la aún más falsa idea de que los problemas del país se solucionan (o al menos se alivian) con más y más plomo.

Los hutus, en la tensa calma antes del genocidio de Ruanda, decían que matando a los tutsi solucionarían sus problemas, idea que se cristalizó en un millón de muertos. Allá al menos, los tutsi eran reconocidos gracias al carné étnico que habían impuesto los belgas. Aquí se dice que matar a los guerrilleros solucionaría el problema, pero ante la dificultad de distinguir a un guerrillero de cualquier otro, el gobierno de Uribe ha dado una solución sencilla al respecto: todo el que no esté de acuerdo con la política de Seguridad Democrática es guerrillero, o amigo de la guerrilla, que al fin y al cabo es lo mismo. Era el mismo discurso de los paras de la década de los 1990: el que no estaba en sus filas, ni era de sus colaboradores o patrocinadores, no tenía argumento suficiente para no acabar en una fosa común. Entre tanto, los narcos siguen moviendo las ruedas de esta guerra.

Villoro nos habla de México y nos muestra una situación tal similar como disímil a la de Colombia:

“El narcotráfico ha ganado batallas culturales e informativas en una sociedad que se ha protegido del problema con el recurso de la negación: ‘los sicarios se matan entre sí’. Más que una rutina aceptada o una indiferente banalización del mal, las noticias del hampa han producido un efecto de distanciamiento. Siempre se trata de desconocidos, gente lejana o rara, que sabrá por qué la degüellan. Cada mañana los periódicos publican un rojo marcador: los 12 decapitados de ayer en Yucatán son relevados por los 24 ejecutados de hoy en el parque nacional de La Marquesa. Sin embargo, el instinto de supervivencia ha llevado a aislar mentalmente las zonas de violencia. Mientras los que se aniquilen sean ‘ellos’, estaremos a salvo.”

En Colombia sabemos que no son “ellos” los únicos que ponen los muertos. Los paramilitares, por ejemplo, han confesado que asesinaron a muchos campesinos, mujeres, ancianos y niños, sólo como práctica, para aprender y perfeccionar el “arte” de descuartizar a una persona viva en menos de diez minutos, y dejarla lista para un agujero en el que normalmente no cabría la mitad de un cuerpo humano, pero donde ellos empacaban tres o cuatro completos [21]. Colombianos de todas las regiones de este país, asesinados de forma tan brutal y sanguinaria como impune y sin sentido, muertos no por ser esto o aquello, ni siquiera por sospecha de serlo, sino sólo porque se necesitaba material de práctica, para que los aprendices de las escuelas de descuartizamiento tuvieran un acercamiento de laboratorio a lo que enfrentarían en el campo, donde seguirían descuartizando a campesinos, obreros, etc., muchas veces sólo por denuncias malintencionadas de algún vecino, y no porque tuvieran algo que ver con la guerrilla o con organizaciones sindicales o de izquierda [22]. Pero no hablemos en tiempo pasado: en la Macarena hay una fosa común con 2.000 cuerpos enterrados por el ejército colombiano desde 2005, supuestos guerrilleros dados de baja en combate que en realidad serían líderes sociales, campesinos y defensores comunitarios que formarían parte de los escándalos de “falsos positivos” que permanecen en la impunidad [23]. Como decía, sabemos que los muertos no los ponen “ellos”, y que si bien entre los muertos también hay personas pertenecientes a sindicatos, movimientos de izquierda, o con ideas afines a las de la guerrilla, eso no justifica los ajusticiamientos (en un país que además, no tiene pena de muerte legal, pero donde ésta se ejerce a manos de todo aquel que tenga a mano un arma). A pesar de ello, miramos a otro lado, y repetimos: “por algo lo mataron”, y aquí no pasa nada. Quizá, en Colombia ha ocurrido a la inversa que en México:

“La estrategia defensiva de no mirar o de asumir que los atracos ocurren lejos, en un parque temático del ajuste de cuentas para el que por suerte no tenemos entradas, se ha venido abajo. El 15 de septiembre, día de la fiesta de Independencia, dos granadas fueron lanzadas contra una indefensa multitud en la plaza de Morelia. El atentado coincidió con otro, virtual: los habitantes de Villahermosa recibieron correos electrónicos que los señalaban como candidatos al secuestro.”

En Colombia, en cambio, ya sufrimos la ola de terror desatada por Pablo Escobar: bombas en los cajeros automáticos, en los centros comerciales, en las calles, frente a droguerías y moteles. Luego, las “pescas milagrosas”, secuestros masivos, tomas de poblaciones y asaltos a guarniciones militares realizados por las FARC. Y por supuesto, las masacres perpetradas por guerrillas, autodefensas y fuerzas armadas, además de los ajustes de cuentas entre pandillas y entre nuevas organizaciones de narcos, secuestros y extorsiones llevados a cabo por la delincuencia común, todo ello con el precedente de la violencia bipartidista. Prácticamente, toda familia colombiana puede contar que alguno de sus miembros estuvo (o está) secuestrado, o debió abandonar su casa o sus tierras, o murió en una toma guerrillera o en una masacre paramilitar, o se encuentra desaparecido y nadie da razón de su paradero, o fue por fin hallado en alguna fosa común, o tiene alguna cicatriz dejada por algún carro bomba, o está en una de las listas de los falsos positivos del ejército. La violencia ha entrado a las casas de todos en las últimas tres décadas. Entonces, ¿cuál es la estrategia defensiva del colombiano? ¿Creer en la fantasía de que este baño de sangre es necesario para que los que queden vivan por fin en paz? ¿Y qué de los millones de desplazados que hoy engrosan los cordones de miseria alrededor de nuestras ciudades más grandes? Si sabemos de sobra que los que mueren no son «ellos», ¿por qué seguimos jugando a que la guerra ocurre allá, lejos? ¿Que cuando, a punta de acabar con todos, culpables e inocentes, termine la guerra, seguiremos vivos y estaremos en paz? Si en México “los Soprano es ya el reality show que ofrecen los vecinos”, como dice Villoro, en Colombia no sólo eso es cierto, sino que Dexter y Hannibal aparecen como meros aprendices: cualquiera de nuestros vecinos podría ser uno de los instructores con suficiente experiencia para darle cátedra a esos dos.

En semejante escenario, el colombiano vislumbra la libertad no como un distanciamiento del “parque temático del ajuste de cuentas” del que habla Villoro, sino como una rápida y exitosa carrera dentro del mismo. “Las Muñecas de la Mafia”, “El Cartel de los Sapos” y “El Capo” son algunos títulos de las historias que más éxito tienen en nuestra televisión, y que exportamos con orgullo a todo el mundo. Lo que en otras latitudes se vende como exótico, aquí tiene acogida porque los personajes son reconocibles, cercanos, y hasta deseables (la gran ambición de un creciente número de niños y niñas es ser capo y muñeca de la mafia, respectivamente).

Ante la desventura de vivir en una pobreza que no da garantías contra la barbarie, para muchos sería preferible estar en el centro de la acción: ser uno de esos narcos que nos pintan, siempre con un arma en la mano, siempre rodeado de escoltas y de mujeres voluptuosas, y que suponemos es el único que realmente sabe quién es quién en esta guerra (porque todos comen de su mano), y contra quiénes debe defenderse (sus competidores en el negocio). Pero claro, el narcotráfico es también una empresa, y como en toda empresa, no hay espacio para más que una cabeza y unos pocos socios (la élite), los demás son peones a uno u otro nivel (pero para muchos, no parece haber más opción [24]). Como sea, la cultura del narco ha permeado nuestra sociedad a todo nivel, y las telenovelas, películas y seriados que la exaltan (con el engañoso argumento de “reflejar una realidad” o “hacer una crítica”), han ayudado a corromper aún más la mente y el espíritu de todos, dando fuerza a los argumentos con que justificamos las atrocidades que se están cometiendo a diario. Esto también ocurre en México, y al respecto nos dice Villoro:

“La narcocultura amplió su radio de influencia a través de los narcocorridos, muchas veces pagados por los propios protagonistas. En la confusión ambiente, los trovadores vinculados al crimen gozan del dudoso prestigio de lo ilegal que reclama un carisma a contrapelo y se somete a la ‘moral del pueblo’. Aunque suene curioso o divertido o folclórico cantar las peripecias de quienes llevan ‘hierba mala’ al otro lado, los narcocorridos pertenecen a un sector que mueve el 10% de la economía (lo mismo que el petróleo) y causa decenas de asesinatos al día. Tomados como documentos del hampa, son reveladores. Lo extraño es que han ganado espacio en las estaciones que transmiten música popular y aun en las antologías de literatura. En nombre de un incierto multiculturalismo, hace un par de años un grupo de escritores protestó porque dos narcocorridos fueron suprimidos de un libro de texto. En su queja pasaron por alto que esas letras no se estudiaban en una clase sobre problemas de México, sino sobre literatura, sustituyendo a Amado Nervo o Ramón López Velarde. El narco ha contado con la anuencia de las estaciones de radio a las que amenaza o subvenciona (términos rigurosamente intercambiables) y con la empatía antropológica de quienes sobreinterpretan el delito como una forma de la tradición.”

Volvemos así al tema de los medios de comunicación, gigantescos oligopolios de “entretenimiento” cuyos dueños son los mismos capos, o íntimos amigos, colaboradores y clientes de los capos de la otra gran mafia, el único negocio aún más ubicuo, rentable y oscuro que el narcotráfico, más sanguinario aunque de modo distinto, y (peor aún) legal: la banca [25]. Nos resulta ya imposible vivir sin tener relación con los bancos y entidades financieras, a la fuerza. Ninguna transacción importante se les escapa. ¿Y qué transacción puede ser más grande e importante que la realizada por un capo del narcotráfico? Lavar el dinero de los narcos es, en resumidas cuentas, ponerlo a fluir de forma libre por las venas insaciables de los bancos internacionales, donde se mezcla con mi dinero y el suyo, y beneficia a la misma élite multimillonaria a la que usted tendrá que entregar su casa si no paga la hipoteca. La misma élite responsable de la famosa Crisis Subprime [26]. Entonces: bancos y entidades financieras, medios masivos de comunicación, políticos y mafias del narcotráfico, viven en permanente orgía, copulando unos con otros en todas las formas que les resultan posibles, mientras apoyan o atacan gobiernos según sus conveniencias, y financian ejércitos y guerras que mueven otro de los mayores mercados que existe: el de armas (y, por supuesto, el dinero del mercado de armas fluye a través de los bancos).

De manera que esta es la vida en nuestros países libres, democráticos, en vías de desarrollo (es decir, en esfuerzo permanente por equipararse a los grandes del capitalismo). Países donde somos libres de decir lo que queramos siempre y cuando no vaya contra el gobierno ni sea considerado “peligroso” por alguna de las organizaciones (legales o ilegales) protagonistas de nuestras guerras. Donde podemos hacer lo que queramos, si tenemos cómo pagarlo y si no molestamos con ello a los que poseen las armas. Donde podemos vivir en el lugar que queramos, si podemos pagar su valor y si después no se le antoja a alguna multinacional o terrateniente que esas propiedades estarían mejor en sus manos. Donde podemos escoger la forma de vida que queramos, si es que conseguimos un trabajo con el cual salvar la casa que llevamos 10 años pagando y que el banco nos va a arrebatar por no poder seguir pagando los intereses. Donde los medios de comunicación nos informan lo que ocurre a su manera, ocultando buena parte de la información, y llenándonos de más narcocultura. ¿Y la ley? ¿Podemos poner nuestras esperanzas en que tarde o temprano se haga cumplir la ley? Villoro nos ilustra al respecto:

“Los carteles aplican la legislación de la sangre descrita por Kafka en ‘La colonia penitenciaria’. La víctima ignora su sentencia: ‘Sería absurdo hacérsela saber puesto que va a aprenderla sobre su cuerpo’. El narco se apoya en el discurso de la crueldad (cruor: ‘sangre que corre’) donde las heridas trazan una condena para la víctima y una amenaza para los testigos. El jus sangui del narco depende de una inversión kafkiana de los episodios legales; la sentencia no es el fin sino el comienzo de un proceso; el anuncio de que otros podrán ser llamados a ‘juicio’. ‘Si no haces correr la sangre, la ley no es descifrable’, escribe Lyotard a propósito de ‘La colonia penitenciaria’. Tal es el lema implícito del crimen organizado. Su discurso es perfectamente descifrable. En cambio, la otra ley, la ‘nuestra’, se ha difuminado.”

En Colombia, la legislación de la sangre es aplicada por todas las organizaciones: narcos, guerrilla, multinacionales, terratenientes, gobierno… Todo ello con la colaboración de los Estados Unidos, ya sea en forma de financiamiento a paramilitares por parte de multinacionales [27] o de colaboración directa de agencias gubernamentales gringas con el gobierno (por ejemplo, el Plan Colombia) y con organizaciones delictivas [29].

Mientras en Europa se busca prohibir a las mujeres transitar por las calles vestidas con decoro y decencia [30], pues va en contra del libertinaje sexual que mantiene entretenida a la población, ocupada más en drogas, alcohol y sexo que en cuestionar la política internacional de la “guerra antiterrorista”, en América Latina se hace efectiva la prohibición de respirar a cualquiera que, por X o por Y, se interponga en los intereses de los grandes capitales, los grandes mercados y los políticos asociados a ellos. La penalización está diversificada: perder los ahorros de toda la vida en una caída de la bolsa, terminar en prisión por apoyar en Internet a grupos que odian al gobierno o a la familia presidencial, ser echado a la calle por el banco dueño de la hipoteca, ser estafado por una pirámide que tuvo licencia legal mientras rendía dividendos a miembros de las cúpulas sociales e institucionales, ser secuestrado por un rescate de US$1.000 dólares o menos, ser asesinado por un televisor y un microondas, tener el teléfono intervenido por la agencia de inteligencia de la presidencia [31], ser convertido en un falso positivo, un supuesto guerrillero caído en combate con el ejército, o pasar una década o más en una jaula en la mitad de la selva.

legalizacion-1.jpg Esa es la libertad que ganamos hace 200 años en otra guerra, organizada por la élite burguesa criolla de la época contra una élite monárquica imperialista europea [32]. En Colombia decimos (no sin amplias razones) que la ley es sólo para el de ruana. También tenemos claro que en nuestros países, la libertad es una cuestión de élite. Y ante la imposibilidad de formar parte de las élites de caciques, terratenientes, comerciantes, industriales, militares, banqueros, políticos e intelectuales, a buena parte de nuestros pueblos sólo les queda la ilusión de llegar a estar en la élite guerrillera, paramilitar o narcotraficante. Élites tan cerradas y sanguinarias como las otras. La ilusión se desvanece tan pronto como la de ser modelo millonaria, reina de miss universe o famoso cantante de rock. Pero aunque no se llegue a la élite, esos mundos son mucho más accesibles y próximos que los del modelaje, las disqueras y Hollywood.

Ya no tenemos esos grandes capos que primero aparecían en las tarimas acompañando políticos en sus campañas, y luego salían entrevistados en sus enormes fincas. Los capos de ahora mantienen un perfil mucho más bajo, pero sus hilos llegan más lejos y más profundo. Los medios de comunicación colombianos están demasiado ocupados hablando mal de Chávez, y los venezolanos, de Uribe. Mientras, ambos presidentes se acomodan en sus sillas bajo la consigna de “aquí me quedo”. Guerrilleros, paramilitares, políticos y militares relacionados con masacres y falsos positivos en Colombia, quedan libres por vencimiento de términos u otras “leguleyadas”. A las élites sólo les interesa mantener y disfrutar sus libertades. Y para ello, seguirán recurriendo al dinero de los narcos. Y los narcos seguirán trabajando, incansables, para que la maquinaria de capitales y mercados siga en movimiento. Como dice Villoro, “lo mismo da que se encuentren en un presidio de máxima seguridad o en una mansión con jacuzzi, pues no dejan de operar”. A esto es a lo que llaman “el mejor sistema socioeconómico que ha logrado el hombre”. No es de extrañar que quien se trague semejante mentira, piense en la muerte como su única amiga. Por mi parte, tengo aún esperanzas en una verdadera alternativa, la que describo en «Leyendo la economía de Rodolfo Llinás» [33].

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