El 8 de marzo pasado conmemoramos el Día Internacional de la Mujer, que fue instaurado para recordar las luchas de las mujeres por mejores salarios y condiciones de trabajo. No lo celebremos con rosas y regalos, sino teniendo muy presente todo lo que falta aún para conseguir una democracia que se tome en serio la violencia contra las mujeres. No podremos celebrar mientras ellas sigan muriendo en defensa de su libertad, como en 1908 un grupo de mujeres trabajadoras de una fábrica textil en New Cork, que reclamaban por sus derechos, fueron atrapadas en la fábrica que luego ardió en llamas, pereciendo todas ellas.


La violencia es un ejercicio de control. Es un acto punitivo y disciplinador. “Es el mecanismo por el cual se somete a los cuerpos con menos poder al suplicio del escarmiento de los que tienen poder” (Foucault). La violencia se impone a las mujeres no sólo por el hecho de serlo, sino de no serlo de la manera adecuada.

En América latina se han dado avances importantes. Según datos de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) se ha producido un incremento significativo en el número de parlamentarias; se han incrementado notablemente la tasa de alfabetismo, más del 50% de las latinoamericanas ha completado la educación secundaria; Chile hasta hace poco, Costa Rica, Brasil y Argentina tienen una mujer como presidenta. Sin embargo estas cifras que debieran ser exhibidas como logros extraordinarios palidecen al lado de las cifras de violencia contra las mujeres dentro y fuera del hogar. Las cifras de maltrato y el número de mujeres asesinadas es cada vez más alarmante.
Este fenómeno no es privativo del país, Finlandia un país europeo que se caracteriza por su alto nivel educativo, su baja tasa de desocupación y niveles de ingresos impensables para nuestra realidad; ostenta dos records absolutamente antagónicos: ser el país del mundo que más mujeres tiene en su gobierno, y ostentar el primer lugar de feminicidios íntimos de Europa.

Esto demuestra que se trata de un fenómeno tremendamente complejo, que exhibe las contradicciones y tensiones entre un sistema moderno que propone cambios en los roles y los lugares que ocupan hombres y mujeres en la sociedad, y otro que pugna por mantener el dominio de los hombres y el sometimiento de las mujeres. El sistema organiza sus propios mecanismos para restablecer el orden y mantener el equilibrio, y la violencia es de los más eficaces. Por ejemplo, en la mayoría de casos las mujeres asesinadas habían abandonado a sus parejas o habían manifestado su voluntad de hacerlo. El incremento de la violencia no se debe sólo a una mayor cobertura mediática del fenómeno, sino a que la mayor autonomía de las mujeres incrementa las respuestas violentas.

Es un largo tiempo de transición, no se ha producido aún una auténtica ruptura con la tradición patriarcal, persiste la ideología de la superioridad y el dominio masculinos, y la inferioridad y la subordinación femeninas en amplias capas de la sociedad.

Precisamente por eso, necesitamos cambiar muchas cosas para eliminar la violencia. Aún cuando se requieren grandes transformaciones en el ámbito cultural, deberíamos debatir también seriamente sobre la necesidad de abandonar la tradicional neutralidad de género de las instituciones jurídicas y sociales, como por ejemplo, los tipos penales. Dada la magnitud y gravedad de la violencia contra las mujeres, se debe discutir la elaboración de políticas públicas que involucren una perspectiva integral del problema: desde adaptar las normas jurídicas, a una demanda sostenida para que sean realmente respondidas a los derechos e integridad de las mujeres, hasta la aplicación de políticas jurisdiccionales con perspectiva de género.

En nuestro municipio el resultado frente a la Violencia Familiar, da muestra de las contradicciones y tensiones de las que hablamos. Cada vez es mayor el número de denuncias, pero también son muchos los casos que se quedan en la impunidad, dentro del desarrollo de políticas sociales municipales no ha habido una que ataque el problema de raíz a partir de cambios estructurales de cultura, tanto en el hombre como en la mujer, es evidente que seguimos presenciando en los barrios y en las parejas ausencia de respeto, falta de valores, violencia y solo una forma de descargar la ira a través de la violencia, familias rotas, hijos abandonados y odios en las dos partes que solo han conducido vivir des armónicamente. La sociedad como un todo debemos avanzar en un proyecto que supere y salde así una deuda con quienes sufren mayoritariamente la violencia en el ámbito doméstico.

Necesitamos un debate serio que genere conciencia sobre la severidad de los daños y produzca medidas sociales, culturales económicas y jurídicas como producto de una real conciencia del fenómeno, sus múltiples y complejas causas, y sus nefastas consecuencias. No sólo sobre las mujeres sino sobre la sociedad toda. Que las soluciones no sean soluciones de compromiso sino remedios efectivos a corto y largo plazo para contribuir a erradicar la violencia, de la mano de la erradicación de la discriminación ancestral de las mujeres.

Ver en la dimensión de la sociedad que esta es otra forma de excluir a un ciudadano, ya que el municipio debe a su vez superarse para estar a la altura de las mujeres con políticas capaces de dignificar el papel que ella desempeña en el diario vivir como gestora de nuevos ciudadanos, de orientadora de las comunidades y de trabajadora en el contexto económico, social y cultural. Es de vital importancia a su vez que muchas mujeres se superen a sí mismas, sin esperar avanzar por el solo hecho de ser mujeres, tomando conciencia de su papel per se, manteniendo como principio rector de sus vidas la dignidad, cada día haciendo mejor su oficio por pequeño que este sea para que al final de la jornada se sienta satisfecha, saberse ejemplo de sus hijos y por tanto forjando su primigenio papel en la sociedad de conciliadora y gestora de ella. Permitiéndose ser reconocidas por su lucha hombro a hombro con el hombre por la superación de la pobreza y de la injusticia. Más allá de flores, chocolates, serenatas y de hacer eco a todo lo comercial que sigue distrayendo la razón. Es de la conciencia de todas ustedes, de la visión de la vida futura para sus familias y sus comunidades, de la valoración de los propósitos que se esperan, es que ustedes lograran dar el verdadero valor al día internacional de la mujer. Felicitarlas seria solo una palabra que no encierra el significado ni el propósito internacional de este día, por ello, pongo mi empeño, mis tareas y mis practicas cada día por respetarlas, dignificar sus espacios, admirarlas en sus conquistas sociales y en mi vida política ofrecer la clara convicción de trabajar siempre por reducir los niveles de violencia contra ustedes y generar políticas que permitan igualdad y derechos plenos en la sociedad. Fuerza y empeño en este día.

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