De unos años para acá, si mi memoria no me traiciona, desde la conferencia del ex presidente de los Estados Unidos Al Gore, “Una verdad incómoda”, donde se narra con cifras e imágenes la situación de deterioro del planeta, en la agenda pública de la gran mayoría de los países y en los discursos de política electoral adquirió importancia el tema conocido como “calentamiento global”, también llamado, por algunos, como “cambio climático”.


La “fiebre planetaria”, como lo dicen los científicos, es producida por los llamados “gases de efecto invernadero” cuya presencia en la atmósfera ha aumentado por la injerencia del ser humano y sus prácticas contaminantes, desbarajustando el equilibrio de la temperatura solar sobre la tierra generando el conocido desquicie en el clima. Unas veces, ya se sabe, se producen imprevistas temporadas de lluvias y las otras, a la visconversa, largas e inesperadas sequías. Ambos fenómenos, como lo hemos padecido, se encuentran asociados, la más de las veces, a innumerables riesgos y catástrofes (inundaciones, encharcamientos, hambrunas, plagas transmisoras de enfermedades, incendios forestales, etc.)

Así pues, sometidos a las locuras climáticas y sus efectos de cataclismos han encendido las alarmas mundiales y obligado a los países, sobre todo los del llamado primer mundo, a comprometerse en tomar medidas y acciones para disminuir la emisión de dichos gases letales con estrategias para mitigar y adaptar la sociedad humana a convivir y no sucumbir en medio de un clima lleno de imprevistos. Por ejemplo, en la semana que acaba de culminar, el Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, anunció que presentaría la estrategia USA para mitigar la fiebre planetaria. Ojalá, de una vez por toda, se anuncie el compromiso de suscribir los Tratados Internacionales de protección ambiental de los cuales ha sido renuente la potencia mundial, uno de los países con el mayor índice como emisor de gases venenosos para la atmósfera.

Pero estas angustias universales sobre el recalentamiento planetario, para no echar paja, apenas son un asunto marginal de política pública en América Latina en general y, particularmente, en Colombia. Actúa como paliativo para sacarle el hombro al tema la premisa según la cual no somos grandes contaminadores y poseemos la mayor riqueza de biodiversidad y de fuentes hídricas lo que nos hace menos vulnerables. Error: por hacer parte de un mismo Sistema planetario, como lo dicen los sabios ambientalistas, lo que suceda en la cocina de mi casa, inevitablemente, repercute en la alcoba de mi vecino lejano, al otro lado de la tierra.

Entonces, asimilando la responsabilidad que como seres humanos tenemos en disminuir la calentura terráquea y, por supuesto, también alineados con las corrientes modernas ligadas a la defensa de toda forma de vida, la alcaldía de Bogotá, con Gustavo Petro, decidió transitar por el no fácil sendero de cambiar el modelo de desarrollo urbano que se venía gestando, incluida la articulación con los vecinos, incorporando las variables de sostenibilidad y de cambio climático.

Se implementó, pues, como estrategia para disminuir el impacto sobre el relleno sanitario Doña Juana, el Programa Basura Cero y se inició un esfuerzo por “ordenar el territorio alrededor del agua”. En este orden, en la última reciente Junta Directiva de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá se aprobó la propuesta para la delimitación de la Región Hídrica de Cundinamarca Bogotá (RHCB), conformada por 53 municipios, entre ellos El Calvario y San Juanito, localizados en el Departamento del Meta.

Así, más allá del sonsonete de la competitividad, Primera Región del Agua, es la propuesta de Bogotá para articularse con los territorios vecinos. Un debate conveniente.

@ticopineda