Los discípulos aventajados del ex presidente Álvaro Uribe Vélez, en lo que parece ser una competencia desaforada entre ellos por demostrar cual tiene mayor capacidad para violar la ley electoral y leyes ambientales dando la impresión de no estar violentando el orden legal vigente, en ello han demostrado tener experticia en el pasado reciente (recordar “falsos positivos”, AIS, “Chuzadas”, desmovilizaciones ficticias, etc.) han recurrido al ilegal recurso de publicitar vallas electorales para ventilar supuestas inocencias (la “Gata”, descaradamente, así lo hizo) o para producir mediáticas visibilizaciones haciendo comparaciones descontextualizadas y groseras contra personas con la cuales mantienen broncas ideológicas o rabias del pasado.


En un territorio polarizado, no es un secreto que asuntos esenciales para la sociedad como matrimonios igualitarios, prohibición de la violencia animal, cuidado al medio ambiente y los recursos hídricos, solución dialogada de la guerra con la guerrilla, leyes que violentan las normas humanitarias, legislaciones en favor de los negocios y no de los derechos y, por supuestos desquites ideológicos y malquerencias pretéritas (a Petro no le perdonan haber desarticulado el proyecto autoritario y mafioso que se pretendió expandir en la geografía colombiana aferrados a las armas del paramilitarismo y a las platas de las mafias del narcotráfico) mantienen el ánimo de los colombianos erizado en casi dos mitades.

Escudriñando el alma académica, se me ocurre comparar el actual estado de cosas con la prédica del profesor Ronald Dworkin para la sociedad norteamericana: “…la política se encuentra en estado lamentable. Discrepamos, ferozmente, sobre casi todo. Discrepamos sobre el terror y la seguridad, sobre la justicia social, sobre la religión en la política, sobre quién es apto para ser juez y sobre qué es la democracia. Estos desacuerdos no transcurren de manera civilizada, ya que no existe respeto recíproco entre las partes. Hemos dejado de ser socios en el autogobierno; nuestra política es más bien una forma de guerra”, dice el académico en su libro “La democracia posible”.

Pero más allá de las reflexiones y debates sobre los asuntos contemporáneos, necesarios para recuperar el sentido de la democracia y la responsabilidad que a cada persona o colectividad nos atañe, el recurso de marras al cual me refiero en el presente escrito, como si fuera una no declarada guerra a muerte, echa mano a la mentira, descontextualiza la información y expresa, verbal y gráficamente, diatribas insultantes, sindicaciones temerarias, sin importar las consecuencias políticas o físicas que se pueda derivar de la manipulación de contextos y personas. No importa el daño, parece que es la consigna de esta escuela de la intolerancia, lo importante es “sacarse el clavo”, perorar consignas, no discernir sobre ideas o postulados conceptuales y políticos.

La más reciente valla, revolviendo agua con aceite, el autor escogió el territorio en el que la mafias del narcotráfico, hace varios años, asesinaron al candidato presidencial Luis Carlos Galán y la geografía en la cual, agentes estatales de la Fuerzas Armadas, pisotearon la dignidad humana de varios jóvenes de barriadas humildes en un laboratorio criminal denominado como “falsos positivos”. “Seguramente no estaban recogiendo café”, dijo la voz del Presidente.

Allí, en Soacha, donde a diario llegan miles víctimas de las atrocidades de la guerra, desafiante, fue el lugar para desplegar el desfachatado experimento gráfico de matoneo desatado contra el alcalde de Bogotá Gustavo Petro. La reacción en las redes trinaron: “qué se vaya la valla pero Petro se queda”. El alcalde local, hasta la hora de escribir estas líneas, quedó silenciado, petrificado. Recordando el texto de Dworkin, preguntaría, ¿es posible la democracia? Hay que porfiar.

@ticopineda