Vaya pregunta tan simple, pero que respuesta tan ambigua, aunque muchos dirán sin pensarlo: La Policía. Quizá sí, quizá no. Descubramos por qué.

En condiciones normales, la Policía debe brindar seguridad y proteger la integridad de las personas, es más, el artículo 218 de la Constitución Nacional, reza: “La Policía Nacional es un cuerpo armado permanente de naturaleza civil, a cargo de la Nación, cuyo fin primordial es el mantenimiento de las condiciones necesarias para el ejercicio de los derechos y libertades públicas, y para asegurar que los habitantes de Colombia convivan en paz”.

En teoría, es la Policía la que debe proteger a las personas y capturar a los delincuentes, pero es claro que en Colombia no existe la fuerza pública suficiente par atrapar tanto ladrón, por eso se ha venido desarrollando una serie de estrategias para contrarrestar tanta inseguridad.

Los líderes comunales y barriales, al igual que administradores de conjuntos, son testigos de las estrategias que se han implementado para combatir la delincuencia, muchas de las cuales han sido efectivas, otras no tanto, pero siempre será de la mano de la policía que se lograrán resultados. El problema es que, como en todo, hay uniformados buenos y malos, y ahí es donde comienza el problema.

Sin duda quien debe liderar la lucha contra la delincuencia es la Policía, aunque si se revisa más profundamente el tema, el culpable de tanta inseguridad y el desborde de la delincuencia, es el mismo Estado. La desigualdad social, la represión, el olvido y la corrupción, han conllevado a la creación de cinturones de miseria y necesidad en la mayor parte de ciudades del país, y eso a su vez genera resentimiento social y el aprovechamiento de bandas delictivas, grupos armados y de narcotráfico para reclutar jóvenes y volverlos protagonistas de la inseguridad.

 Claro, no es lo mismo que 10 policías cuiden una zona donde hagan presencia 50 ladrones, atracadores y/o jíbaros, a que ese número de uniformados tenga que combatir a 100, 200, 300 o más, y no es justificar, pero es la realidad por el escaso pie de fuerza que hay en el país. Ahora, el lío es saber cuántos de esos diez (sólo como ejemplo y número tentativo), son buenos y cuántos malos, porque no es secreto decir que muchos policías se han dejado vulnerar y trabajan de la mano con los delincuentes.

En el caso de Soacha hay un problema mayor. El crecimiento irregular y desmesurado de la ciudad ha permitido que la delincuencia crezca desorbitantemente. La llegada de gente necesitada, venezolanos, víctimas del conflicto o simplemente personas o familias con 4,5,6 o más hijos, ha conllevado a que muchos jóvenes queden solos y a merced de bandas de microtráfico o delincuentes que ofrecen oportunidades que el Estado no garantiza. En fin, es un tema que requiere profundizar en otro momento.

Lo cierto es que lo anterior es sólo un pañito de agua tibia de lo que habría que analizar para comprender el origen de la delincuencia, no solo en Soacha, sino en el país.

En síntesis, para frenar la delincuencia en una ciudad como Soacha se requiere replantear casi todas las estrategias e involucrar a más actores para empezar a trabajar diferentes frentes. Es cierto que se necesita más pie de fuerza, pero más que el número, lo que urge es una policía comprometida, honesta y dispuesta a entender su naturaleza y que sepa diferenciar los buenos de los malos, es decir, los uniformados no pueden seguir atacando a la gente de bien con sus atropellos y abusos. Deben salir a flote aquellos policías leales con sus principios, respetuosos, trabajadores y comprometidos con la comunidad.

Igualmente se requiere más herramientas logísticas, vehículos y ayuda tecnológica reflejada en cámaras y equipos, pero de nada sirve tener pruebas y elementos de apoyo, si la justicia sigue siendo cómplice de los delincuentes.

Por el lado de la comunidad, es claro que hay que participar en programas asociados a la seguridad, desde las JAC y consejos de administración, y desde la misma empresa privada. Pero aquí es evidente que ese ciudadano debe tener la certeza que sus aliados (policía y autoridades) lo respaldan y lo protegen, para acabar con la desconfianza actual, fruto de la corrupción en la justicia y en un sector de la Policía Nacional.

 La justicia debe devolverles la confianza a los ciudadanos, debe actuar contundentemente contra los delincuentes y darle garantías a la gente de bien, y no al contrario, que es lo que muchas veces sucede. 

Si continúa ese distanciamiento entre las instituciones de seguridad, la justicia y los ciudadanos, apague y vámonos, porque para frenar la delincuencia se requieren estrategias aliadas donde la comunidad sea la protagonista, porque jamás habrá policías suficientes para darse cuenta de lo que pasa en cada calle, pero así mismo el habitante de a pie necesita la certeza de saber que el policía es su amigo y que la justicia lo va proteger.

El delincuente sabe que jamás podrá actuar en una zona donde haya una comunidad unida y comprometida, tecnología que los vigile, un Estado presente y una fuerza pública honesta y dispuesta a combatir el crimen, pero si sucede todo lo contrario, simplemente llega, controla, convence, se apropia de un territorio y le arrebata a la sociedad a aquellas personas, especialmente jóvenes, que no han encontrado oportunidades en su entorno. ¡Es la hora de actuar!

Por @editorial