Fueron famosas dos pescas en Canoas, a las que concurrió Álvaro Castro, famoso peluquero y músico, que fue el inventor del corte de pelo, que hoy infinidad de jóvenes llaman “Hongo” pero que, en realidad, se puso de moda después de más de cincuenta años, por lo que los usuarios de hoy, deberían pagarle regalías a la familia de “Arroba y seis” como se le llamó al famoso peluquero.


La primera, cuando sus compañeros lo encargaron de tener el canasto donde se depositaban los pescados, y que él colocó en su cabeza, a la manera de las vendedoras de frutas de las Playas de Cartagena, pero en este estado observó muy cerca una pequeña culebra que nadaba en su dirección y fue tanto el susto que sintió, que para eludirla optó por esconderse totalmente dentro del agua y como la posición del canasto era la ya referida, al consumirse Castro, los peces quedaron en absoluta libertad, perdiéndose el trabajo de sus compañeros por lo que, como es natural, recibió el mayor castigo de su vida de parte de los que lo acompañaban, como siempre, “Pachardi” y Alejandro Cubillos.

La segunda, cuando se le ocurrió pescar con dinamita y llevó a su famoso perro cazador Yackson, al sitio acostumbrado. Allí preparó el taco, le colocó la mecha y con un fósforo le prendió fuego. Lo lanzó tan cerca, que fácilmente lo recibió su can que, de inmediato, se devolvió con él en la boca para entregarlo a su amo, quien al observar lo que pasaba corría despavorido hacia el camino, para que su fiel amigo no lo alcanzara, lo que por fortuna no ocurrió, pero ya se imaginarán, los lectores, lo que le ocurrió al famosísimo Yackson, y a Castro, que de inmediato, prometió dejar la caza y pesca que eran sus deportes favoritos, y se dedicó de lleno a las notas que producía su flauta y a la peluquería.

La cacería tuvo también gran auge en Soacha y la practicaron, por muchos años el capitán del ejército Alfredo Rubiano, Roberto Guerrero, Jorge Monsegny, Alejandro Cubillos y Víctor Julio Salazar quienes semanal o quincenalmente recorrían el pueblo y Municipios vecinos en busca de patos, palomas, perdices y conejos y en varias ocasiones organizaron con cazadores de Boyacá, el conocido tiro al pichón, que se desarrollaba en terrenos del denominado “Campo de los locos” donde jugaban los soachunos el mejor futbol de Cundinamarca y de muchas regiones del país.

Es bien sabido en Soacha lo ocurrido en una de aquellas cacerías, cuando los participantes se sentaron a descansar y el Capitán Rubiano puso a funcionar su radio para oír parte del encuentro de Millonarios, su equipo favorito, que perdía 2 a 0 con el América. A los pocos minutos de estarlo escuchando, el de Cali hizo el tercer tanto y como Alfredo no permitía que su equipo perdiera, hizo un disparo que acabó con el inocente radio y, también con la fiesta por la fructífera cacería.
Y si de fiestas se habla, hay que decir que gran trascendencia tenía la Semana Santa y que, naturalmente, se iniciaba el Domingo de Ramos con la procesión por la antiquísima Plaza de la Constitución.

Así, a las nueve de la mañana, salía de la Iglesia de San Bernardino el párroco que encabezaba el desfile con cazulla nueva y tres acólitos, uno de ellos, manejando el incensario que impulsaba hacia adelante y a los costados quemando el incienso que el sacerdote colocaba en la brasa con una pequeña cuchara de plata, cuantas veces fuera necesario. Las gentes se apostaban a lado y lado de las calles portando las tradicionales palmas que habían comprado en la Plaza o frente a la tienda de Visitación Heredia, traídas por los vecinos de San Antonio del Tequendama, y conocidos como los “calentanos” por residir en sitios de clima templado y que, además, traían semanalmente las frutas que cargaban en mulas desde su región, para la venta en el mercado soachuno y, aquellos animales los dejaban en el interior de la casa de “Don Visita”,como cariñosamente se le conocía, en el interior
de su vivienda, donde poseía un lugar especial para ello.

Gran número de las palmas se colocaban sobre el piso al paso de Jesús y los apóstoles que desfilaban a continuación del párroco. Jesús, que durante algunos años mientras duró la niñez, lo representaba quien esta nota escribe, estaba ataviado con traje que acomodaba a las circunstancias la organizadora de la procesión, Angelina Galarza, que también le acomodaba la barba y el cabello largo que la tradición señalaba para el Jefe de la cristiandad. Iba, además, montado en una burra debidamente enjaezada para la ocasión y, como ya se dijo, seguían los doce apóstoles con túnicas de diferentes colores y uno de ellos era Pablo Escobar Vázquez que siempre insistió, sin conseguirlo, ser el Jesús del Domingo de Ramos, por lo que se quejaba de un supuesto tráfico de influencias debido al parentesco del Jesús de todos los años, con la organizadora de la procesión. Alegaba, también, que después de tantos años de apóstol, sólo había llegado a Judas, pero con la túnica más vieja, como si tuviera alguna discrepancia con Angelina Galarza.

Después de la procesión, se iniciaban por parte de las señoras de las casas, los preparativos de todo orden para la Semana Santa, que en realidad eran el jueves y el viernes. Pero ello no era óbice para que no se cambiaran radicalmente las costumbres de la casa, porque en tales días, tan especiales, se comía y se vivía distinto. Eran días que se llamaban de penitencia y para los que el padre ahorraba unos pesos más, porque se tomaba whisky o brandy y vino, y la comida quedaba sujeta a los conocimientos culinarios de la madre, que eran muchos. Preparaba ella ricos platos, postres y bebidas que, hoy no se conocen. Para el primer caso la dieta era pescado bagre seco, que se compraba, necesariamente, en la tienda de Irene Vázquez, Dolores Chaves, Eulogio Ramírez, Adelia de Rincón o Alejandro Mayorga. Era indispensable y se servía con lentejas, tal vez porque ellas se mencionan en la leyenda Bíblica, además del tradicional arroz y papas y, en algunos casos, pollo. Pero lo más importante estaba en los jugos de frutas y los postres, para lo que se servían dulce de durazno, de breva, arequipe, requesón, papayuela o icaco. Pero también había otros que eran la delicia de chicos y grandes, como el postre de dos colores, el masato y el guarrús. Y para el día siguiente, se dejaba parte de la comida para lo que se denominaba el “calentado” que consistía en papa, arroz, lentejas y pescado seco, todo revuelto que se pasaba con chocolate o agua de panela y pan especial preparado al efecto por Jorge Gutiérrez, las Prieto, las Sánchez o Leonor Galarza, que constituían el verdadero vocato di cardenale.

Llegado el sábado venía la masamorra chiquita, aún conocida en Soacha, y con todos los ingredientes conocidos por los naturales de mi tierra. De este día se decía que el cura cantaba gloria y la carne iba a la olla, pues desde el miércoles anterior, nadie había probado este manjar.

Debe recordarse que también se comían enlatados con sardinas o atún y que, desde el día jueves Santo hasta el sábado se morían las campanas y las reemplazaba una matraca instalada en la torre de la iglesia y que fue famosísima la que mostraba siempre Ernesto Munar, que callaba a todas las demás.

Muy solemne fue siempre la Semana Santa, sus ritos y procesiones y en todas ellas se empleaba pólvora, pero de la vendida por Visitación Heredia, pues se argumentaba que era la mejor por ser “de dos golpes y tres tun tunes.”
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Debo expresar aquí mi gratitud a las personas que se han dirigido a mí, a través de la Internet, manifestando su complacencia con las Reminiscencias que vengo escribiendo para periodismopublico.com, como el ex alcalde, Ingeniero Carlos Bello Bonilla y las señoras María Rodríguez y Susana Camacho que, pese a no conocerlas, “expresan su complacencia por recordarles su juventud en Soacha.”

José Ignacio Galarza M.

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