Definitivamente Soacha es la ciudad donde ocurre de todo. Pareciera que el Estado y algunas empresas privadas solo se fijan en el municipio para saciar sus intereses y cogerlo de caballito de batalla con el visto bueno de autoridades y habitantes, debido a la poca capacidad de reacción y al gran conformismo a la hora de asumir decisiones.


Y justamente uno de esos grandes problemas que afronta la comunidad de Soacha es el tema de movilidad, concretamente el desplazamiento para llegar a la estación-portal de San Mateo, teniendo en cuenta que las autoridades de turno recibieron sin problemas un servicio incompleto, ya que Transmilenio está conformado por buses articulados y alimentadores.

En diciembre de 2013, como si se tratara de la mayor novedad en la historia de la ciudad, se puso en marcha el sistema en Soacha, cuando en Bogotá ya existían duras críticas a este servicio por las ya saturadas estaciones, la falta de frecuencia en los articulados, el colapso en las horas pico y debido a la inseguridad y a la cantidad de vendedores que abordaban las estaciones y los buses articulados.

Aun así, para Soacha era la panacea y la mayor parte de la gente vio su llegada como la solución a la caótica movilidad entre el municipio y la capital. Fue la única troncal que se inauguró sin el servicio de alimentación, pero en su momento no importó porque cualquier cosa diferente al pésimo y desastroso servicio colectivo por la autopista sur, era ganancia.

No obstante, el mayor error de las autoridades locales y de los mismos usuarios, fue permitir que el servicio comenzara a prestarse sin la puesta en marcha de una flota de alimentadores que transportara a los pasajeros desde sus casas y barrios, hasta la estación San Mateo, la cual ha servido de portal.

Lo que no se entendió en su momento es que al pagar el pasaje completo, igual que en Bogotá, se tiene el derecho de abordar y transportase tanto en los articulados como en los alimentadores, pero el afán del alcalde de turno lo encegueció y sin problema alguno aceptó el servicio sin su mayor complemento: los alimentadores. Claro que igual de culpables son los usuarios que, con su conformismo que los caracteriza, aceptaron el servicio sin medir las consecuencias que ello traería.

Poco a poco comenzaron las voces de inconformismo y el personero de ese entonces comenzó una serie de acciones en contra de Transmilenio y del mismo Distrito, reclamando los alimentadores, teniendo en cuenta que la tarifa se pagaba completa. Pero pareciera que las autoridades judiciales y administrativas se hubiesen aliado con el poder económico de la empresa de transporte masivo, porque la tutela y las demandas no sirvieron para nada.

Los usuarios se dieron cuenta que estaban pagando por un servicio que no recibían y algunos reaccionaron, pero como en todo, la gran mayoría permaneció inerte, dormida y en un letargo como si hubiera consumido anestesia. “La esperanza es lo último que se pierde”, decían algunos cuando se comenzó a hablar de la Estación de Integración San Mateo, pensando que se trataba de un portal para recibir a los alimentadores.

Y bueno, eso fue lo que nos hicieron creer a todos en su momento. Una gran plataforma que costó cerca de 20 mil millones de pesos y que las autoridades nos vendieron como la megaobra para Soacha y la solución que descongestionaría la ya saturada y colapsada estación San Mateo.

Todos creímos, menos los que la hicieron, que era el sitio para recibir a los alimentadores, esos buses verdes y grandes que irían hasta los barrios y comunas a traer la gente para que abordara los articulados, y así se pensó durante los casi tres años que duró su construcción. Pero la prolongada demora para su puesta en marcha y los constantes aplazamientos de su inauguración fueron elementos que permitieron a los usuarios despertar la desconfianza entre las autoridades municipales y Transmilenio.

Ni la empresa de transporte masivo (si es que se puede llamar así), ni las autoridades de Soacha fueron claras para decirle a la comunidad cuál era el fin principal de esa construcción. Sólo se mencionaba la capacidad para albergar 750 bicicletas, la habilitación de 10 plataformas para buses y la instalación de más torniquetes que agilizarían la entrada de pasajeros al sistema. ¿Y los alimentadores?

Aun con la esperanza viva, los usuarios creían que la inauguración de semejante construcción traería consigo el servicio de alimentación. Pero ¡oh! sorpresa cuando no fue así. Con todo el “alaraco” posible, incluyendo la presencia de medios nacionales (que solo sirven para hablar mal del municipio) se puso en funcionamiento con otro nombre: Estación intermedia San Mateo, pero solo con dos servicios, uno como parqueadero de bicicletas y el otro para ir y venir en buses del SITP hasta el portal del sur.

Vuelvo y pregunto ¿Y los alimentadores? Pues esa duda que traíamos desde que se inauguró el sistema la respondió por esos días la gerente de Transmilenio Alexandra Rojas. Y aunque no nos guste, aseguró que “sólo hasta que se ponga al servicio las fases dos y tres habrá rutas alimentadoras en Soacha”. Sí, leyó bien; eso lo dijo la misma gerente.

Bueno, y ¿ante eso, qué? Pues por lo menos se le abona a la señora que fue clara y dejó de “carameliarnos”. Nos guste o no, la respuesta fue clara.

A bueno, pues si no nos parece, si consideramos que debemos seguir pagando el pasaje completo con el servicio incompleto… actuemos. Pero no sacando pecho para después politiquear y adornarnos de la lucha social que hacemos. No, así no.

Ojalá toda la institucionalidad, los gremios, la industria, las JAC, los ediles, las organizaciones, todos, absolutamente todos entendamos que a los que vivimos en Soacha nos están haciendo conejo, es decir, nos metieron gato por liebre. Actuemos con contundencia, unidos y con la sabiduría del caso para que se respete al municipio.

El servicio de alimentadores no es un favor de Transmilenio, es una obligación de la empresa, teniendo en cuenta que diariamente le cobra el pasaje completo a unos 100 mil usuarios. Así que a exigir unidos para que no nos traten como débiles.