Las Farc en el caso del secuestro de Roméo Langlois, tienen cara de “yo si fui”. Todo indica que el periodista francés está en poder de los “camaradas”. Desapareció en medio de combates entre el Ejército y esta organización guerrillera el 28 de abril en el sur del país. Y una voz femenina, en nombre del Frente 15, informó que el periodista “uniformado y capturado en pleno combate está en nuestras manos y es prisionero de guerra”. Y casi todas las fuentes serias coinciden en calificar como un secuestro la desaparición del extranjero y en atribuirle a las Farc su responsabilidad.


Si es cierto, las Farc han dejado “viendo un chispero” a quienes confiaron que de la mano de Timochenko se produciría un giro en su actuación. Que sus sesudas cartas inauguraban una actitud más dialogante y una inspiración más filosófica, dijeron. Que la entrega de los últimos uniformados retenidos desde hace más de diez años, era una gesto que pedía al Presidente usar la guardada llave de la paz, exclamaron. Y hasta el comunicado del Secretariado del Estado Mayor Central del 26 de febrero en el que anunciaban proscribir la práctica del secuestro, fue recibido con optimismo y hasta con alborozo.

Aceptemos que las Farc están en un viraje hacia un escenario distinto. Que les interesa establecer diques humanitarios al conflicto. Que entienden un acuerdo de humanización de la guerra como un buen comienzo para diálogos de paz con el Gobierno. Que han entendido, desde la más elemental racionalidad, los réditos políticos que le proporcionará tal actitud. Y alegrémonos. Por ello el secuestro de Roméo es un hecho aún más grave. Traiciona la reciente promesa fariana de no secuestrar más civiles, involucra de nuevo al Estado francés en nuestro conflicto y le coloca un verdadero petardo a las posibilidades de una negociación política.

Nos dirán desde “las montañas de Colombia” que el Ejército violó el Derecho Internacional Humanitario al permitir que el periodista francés usara prendas militares cuando cubría las operaciones. O que Roméo Langlois pecó de irresponsable cuando lo hizo. Pero aun aceptando dichos pretextos, es innegable que las Farc violan con mayor gravedad la normatividad universal que regula los conflictos. Los guerrilleros, una vez constatada la identidad del francés y comprobada su condición de periodista, debieron inmediatamente liberarlo, al margen de las circunstancias en las que haya sido secuestrado. A luz del DIH, del artículo 3 común a los Convenios de Ginebra, el secuestro de civiles constituye un crimen de guerra. Y en opinión de la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), los reporteros de guerra nunca pierden su condición de civiles.

Es difícil corregir este error. Pero las Farc, si lo quieren, pueden demostrarnos que no son sordos a las voces que le piden la libertad inmediata de Roméo. Y de los demás secuestrados. Que pongan cara de “yo si fui” para la paz. A cambio de la descarada barbarie. Y de la infamia.

@AntonioSanguino