Un problema de dignidad

Ha pasado enero y los servidores públicos que fueron elegidos a finales del año pasado han asumido sus respectivos cargos. Dependiendo del grado de falsedad que estemos dispuestos a tolerar, es posible afirmar que en Colombia ha triunfado la democracia una vez más…


Ciertamente, es grotesco el esfuerzo infructuoso de aquellos que en las pasadas elecciones intentaron llevar a cabo aquella máxima según la cual es mejor parecer bueno que serlo: ni lo segundo ni lo primero ha sido posible, ni necesario, para que un candidato alcance finalmente el codiciado erario; aun así, los puestos fueron ocupados y la hipocresía mal disimulada de algunos ya no se necesita. Los verdaderos rostros empiezan pronto a mostrar sus perfiles más siniestros. Pero la suerte está echada y unas palabras desencantadas no pueden (o en todo caso no deben) sentirse como una expresión de rezago y mucho menos de resignación con respecto al acontecer político; por el contrario, la crítica no nos absuelve de pensar estos problemas, sino que nos obliga a reflexionar en torno a ellos y vislumbrar las acciones más adecuadas. Inadecuada es en estos tiempos la indiferencia.

Queremos preguntar en principio a todo ciudadano, pero especialmente a nuestros funcionarios, si alguna vez han pensado en la dignidad como un problema político. Sí, la dignidad. Ese valor que se ha convertido en el lujo de unos cuantos. Eso que pierden los habitantes de Soacha cada vez que se convierten en usuarios de Transmilenio o cuando reclaman un derecho ante alguna entidad que “presta” un “ser-vicio” “público” (sí, las tres palabras entre comillas); por no hablar de lo denigrantes que son aún hoy muchos trabajos en términos de horarios, remuneración y trato. ¡Qué absurdos deberían ser hoy las ocupaciones que redujeran a las personas a simples insumos de la producción! Y sin embargo, así es en la mayoría de casos.

La dignidad es la posibilidad de que las personas se respeten a sí mismas. Pero ese respeto se hace imposible cuando un requisito para vivir en esta sociedad es el servilismo, la falta de carácter y la ley del silencio. Y si alguien no se respeta, si no cuenta con los mecanismos para hacerse respetar, ¿cómo podrá respetar a otros? Hace unas semanas los medios dieron cuenta de cómo una mujer moría impunemente en la calle, víctima de la negligencia de un sistema de salud que se alimenta de la sangre de los cotizantes, mientras sus familiares eran violentados por los “agentes del orden” por el crimen de exigir un trato digno a los difuntos; al igual que en una tragedia de Sófocles, el Estado actuó como si de enemigos se tratara, puesto que de manera insolente se atrevieron a protestar por una injusticia evidente. En Soacha, se hicieron públicas las imágenes de los antidisturbios desalojando de la secretaría de educación a padres de familia molestos por las filas interminables y el tiempo desperdiciado en la búsqueda de cupos escolares para sus hijos; de nuevo, la respuesta estatal al inconformismo fue la fuerza. ¿Se podía actuar de otra manera? Ante una respuesta negativa preguntamos, ¿no era necesario prever un problema semejante, dada la demanda de estos cupos en un municipio que crece ciega y vertiginosamente?

Señalamos únicamente un par de sucesos recientes, ya que de otro modo sería interminable la lista de atropellos que suceden diariamente, ¿acaso se piensa en la calidad de vida de las personas cuando se plantea el aumento del salario mínimo? ¿Se piensa verdaderamente en ellas cuando se implementa un nuevo sistema de transporte? ¿O se piensa alguna vez que quizá quienes protestan tienen buenas razones para hacerlo…? Si hay una respuesta positiva para todas o para al menos una de estas preguntas, basta con posar la mirada en la realidad que enfrentamos todos a diario para desvirtuar el falso discurso de quienes dicen ejercer un cargo público por el bien de sus conciudadanos. Sería ingenuo no darse cuenta de que el Transmilenio está cada vez peor (con un servicio de ínfima calidad pero, eso sí, más costoso); que los salarios no compensan la inflación anual o que las personas no aguantan más improperios ni desmandes de la fuerza pública.

A quienes afirman de manera pública y privada -ya sea en las calles o en las redes sociales- que quienes nos indignamos por las actuales condiciones que se viven en Bogotá y Soacha estamos en favor de la caridad del Estado, es necesario contestarles, como lo hacemos aquí, de manera pública, que aborrecemos la mendicidad, que exigimos derechos y denunciamos abusos. No pedimos nada regalado, sino que las instituciones cumplan con su trabajo. No nos interesa que quienes detentan un puesto público pertenezcan a uno u otro partido, sino que asuman su debido papel o, de una manera más directa, que cumplan con el trabajo por el cual se les paga…

Es hora de pensar y actuar como ciudadanos, con los derechos y deberes que este concepto implica; porque de no ser así, la educación, la salud y el trabajo se seguirán considerando como privilegios o, peor, como dadivas por las cuales hay que agradecer con actitud sumisa, ¿qué tipo de cosas tienen que suceder para que se cumplan las promesas de la democracia de la que tanto se hace alarde en Colombia? ¿Será posible no hallar un límite al sometimiento de las personas a la adversidad? ¿O quizá se desestima la reacción que puede desencadenar al reducir cada vez más el nivel de vida de quienes menos ganan con su trabajo?

En tiempos en los que se busca la paz no sobre recordar que el conflicto colombiano no hunde sus raíces en meras discrepancias políticas, sino en complejos problemas sociales de los cuales las primeras han sido un reflejo desfigurado. Si no se ataca la desigualdad y la vulneración de derechos, difícilmente nuestra sociedad hallará soluciones duraderas y los deberes perderán aún más su carácter obligante. En este corto espacio llamamos únicamente la atención sobre el valor de la dignidad como punto de partida para reflexionar en torno a la dirección que debe tomar el cambio que demandamos. Quizá, aunque no sea tan fácil, aunque no sea tan simple, debamos preguntar con Fito Páez, ¿quién dijo que todo está perdido…?

die_nihil@yahoo.es

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