Un amigo envió a mi correo un escrito relacionado con la utilización de algunos términos que nos han venido imponiendo, especialmente al referirnos a lo masculino o femenino. Dice el autor, que la excesiva diferenciación entre ellos y ellas, presidente y presidenta, niños y niñas, todos y todas, nos puede convertir en brutos y brutas.


Seguramente algunos ya leyeron el artículo, pero estoy seguro que una buena cantidad de lectores aún no han tenido la posibilidad de leerlo, y mucho menos de analizar su contenido. Pues bien, a continuación comparto el análisis, aclarando que el escrito se publicó en el periódico el Tiempo el día 11 de julio pasado, y cuyo autor es Pablo Victoria.

El envenenamiento del lenguaje

Locura furiosa se ha apoderado de muchos escritores y columnistas (y también de columnistos y escritoras), y hasta de ciertos curas (y algunos curos).

“Todos y todas” (padre Llano, EL TIEMPO, 29/5/10), “colombianos y colombianas” (la izquierda enfermiza), y otro sinnúmero de ridiculeces semejantes son cosa cotidiana. Muchos ignoran que el envenenamiento de la lengua se produce con este lenguaje sexista, que pretende incluir antes que excluir.

Sexista, digo, porque la introducción de estos vocablos excluye los universales e incluye el sexo como categoría dialéctica y convierte a sus hablantes en ignorantes de postín. Ocurre algo parecido con vocablos como “presidente” y “presidenta”, ignorando también que todas las palabras terminadas en “ente”, como consecuENTE, hacen referencia al “ENTE”, y que el ente es un universal que no admite “ENTA”, como “presidENTA” o “consecuENTA”, en referencia al sexo femenino.

Tales son las razones que hacen de este peculiar lenguaje sexista, discriminatorio y craso, algo que los colectivos feministas y similares quieren, precisamente, evitar con su uso abusivo y ridículo. Claro que muchos (y muchas) se escudan en que se trata de “ganar la confianza de los lectores, a través del respeto por su inteligencia” (Yolanda Reyes, EL TIEMPO, 31/6/10), para acto seguido espetar que se debe promover “la concepción de niños y niñas deseados y deseadas”, construcción horripilante, que sí irrespeta la inteligencia de los lectores, pues nadie a quien yo conozca puede pensar que no hay entre los niños deseados ninguna niña que no lo sea. ¡Que bajeza gramatical! ¡qué supremo irrespeto a la inteligencia del lector! ¡qué falso igualitarismo! Pero existen, aparte de la supina ignorancia y rebajado estilo, causas más profundas y significativas para incurrir en semejantes abusos lingüísticos: la introducción a una nueva Era humana, adonde nos conducen como a borregos idiotizados por la moda y por las teorías de género: “…hombre y masculino podrían significar tanto un cuerpo femenino como uno masculino; mujer y femenino, tanto un cuerpo masculino como uno femenino” (Judith Butler).

Ocurre que “el hombre” es un género que incluye a la mujer, pues se puede hablar del “hombre sobre la tierra” y mientras así se habló, antes ninguna mujer se consideró menospreciada o excluida (Eva incluida). Tampoco los hombres se sintieron jamás excluidos porque se denominara “persona”, en femenino, a su ser constitucional. Sólo el feminismo más exacerbado pudo formar un combate donde ni siquiera podía hacerse una escaramuza.

Claro que el género puede descomponerse en dos piezas, por lo que también podría hablarse del género masculino y del femenino, de la misma manera que el género embarcaciones se puede descomponer en barcos y botes o en canoas y balsas.

Se entiende, sin embargo, que ambos géneros, el masculino y el femenino, pertenecen a uno mayor, el “humano”, mucho mayor aún que “el hombre”, que contiene los anteriores. Entonces, cuando genéricamente se habla del “hombre” o de “lo humano”, los dos sexos están incluidos. Hasta un niño en uso de razón lo puede entender, como cuando se le dice: “Sal a la calle y diles a los niños que entren”. El niño jamás habrá de entender que es sólo a los varones, excluidas las mujeres, a quienes hay que decirles que se entren. Usando el sentido común dado por la naturaleza, el chico habrá de comunicar el mensaje a todos, niños y niñas. Claramente distinguirá el género sin que ninguna feminista tenga que darle instrucciones al respecto, ni deberá asistir a un curso acelerado de no-discriminación dictado por una agencia de las Naciones Unidas ni acatar una regulación Distrital para entenderlo.

Tampoco un adulto sentirá ofensa alguna porque se diga “la persona humana”, pues difícilmente reclamará para sí el derecho a que se diga “la persona y el persona humana y humano”. Esto sería tanto como suponer que se debe objetar que el órgano viril deba denominarse exclusivamente en masculino, cuando todos sabemos que existe mayoría de denominaciones femeninas que lo describen. Ningún hombre se siente afectado por esto.

Lo que salta a la vista es que de lo que realmente se trata es de declarar una guerra, de crear un conflicto de competencias lingüísticas, sociales, antropológicas y aun burocráticas, porque, tras estos términos, muchas feministas esconden las aspiraciones a una especie de ginecocracia que les otorgue la mitad del poder en las administraciones públicas. Intentan eliminar el sentido común, desnudar al hombre de todo aquello que, en sola apariencia, pudiera sospecharse discriminatorio hasta alcanzar, como alguien dijera, una «paridad obstétrica» (Fernando Sánchez Torres, EL TIEMPO, 9/2006).

Pretende dicho combate llegar a demostrar, por la fuerza de las presiones políticas y del cabildeo de poderosas organizaciones feministas, y no por la vía científica, que el hombre y la mujer son absolutamente iguales, y que lo son en toda circunstancia genética, social y psicológica. Tal disparate ha llegado al extremo de escribir documentos en el que se pone un asterisco (*) para eludir y socavar la determinación genérica del lenguaje. Debilitada la fibra cristiana de la sociedad, se ha hecho fácil tarea suplantar al legislador con sentencias constitucionales sexistas, que destruyen los fundamentos de la familia heterosexual, el matrimonio y, por ende, el sexo mismo. De allí que ahora se pueda reclasificar al hombre y a la mujer como especies transgenéricas que superan el “arcaico” concepto de sexo, verdadera revolución cultural y conceptual.

Para las feministas, el sexo no está dado por la naturaleza, sino por la sociedad que se ha empeñado en una discriminación de género. Por eso se envenenan las lenguas que tienen el femenino y el masculino en sus vocablos, como en el caso del español. Más difícil lo tienen las feministas con el inglés, o el alemán, idiomas que generalmente no distinguen entre lo uno y lo otro, porque, ¿cómo se diría en femenino la palabra children, o this child para referirse a un niño o a una niña? ¿O cómo se haría para persuadir a los ingleses que al referirse al barco (she, the boat) no lo interpreten como femenino, sino como masculino, como es el caso del español? En esta lengua se les hace necesario inducir a creer que el sexo está radicalmente separado del género y que todas estas ridiculeces y fealdades idiomáticas son, en realidad, formas más humanísticas de incluir lo que desde el amanecer de los tiempos se entiende como incluido; si esto se logra, entonces ya queda mucho más fácil inducir a que se crea que el pene masculino y la vagina femenina son meros accidentes genéticos que nada tienen que ver con la diferenciación de la especie humana en hombres y mujeres. Tal es el sesgo sexista del lenguaje artificialmente inducido.

¿Seremos tan brutos y brutas, estúpidos y estúpidas, para definitivamente ceder a tan extravagantes pretensiones? (Parece que sí, según se oyen los discursos de los políticos y las políticas, los curas y los curos, los columnistas y los columnistos.)