En los últimos días a partir de los acontecimientos acaecidos en nuestro municipio y a los cuales no me quiero referir, del sentimiento de frustración de los habitantes y de los artículos de los columnistas de Periodismo Público, he estado reflexionando sobre ¿cuándo y cómo llegamos al peor de los mundos?


En primer lugar, parece ser que este es un proceso lento pero sostenido de deterioro de las condiciones de Gobernanza, es decir de las reglas de juego formales e informales que dentro y fuera de la sociedad se han adoptado para orientar el desarrollo y la convivencia en nuestro municipio. En segundo lugar, de las responsabilidades e irresponsabilidades que hemos asumido los ciudadanos y ciudadanas frente a nuestra convivencia y manejo de las condiciones de desarrollo político, social, económico, cultural y ambiental de la Ciudad.

En efecto, la sociedad dentro y fuera del municipio han adoptado instituciones(1) o reglas de juego como considerar que es normal que contemos con una Ciudad: desarticulada social, económica, física y políticamente del contexto distrital, departamental y nacional; desordenada, sin rumbo, sin norte; con altos índices de pobreza y necesidades básicas insatisfechas; con un acelerado crecimiento poblacional y de descomposición social por el cambio de valores morales y la desintegración familiar; con altos niveles de desempleo e inseguridad; con recursos humanos y naturales mal aprovechados; sin liderazgo, o lo que es peor aún con liderazgos individuales orientados por intereses mezquinos, de ciudadanos que sólo quieren apropiarse del erario público. Cada uno por lo suyo.

Parece que nos hemos acostumbrado a que existan como un hecho dado: la corrupción, la debilidad en el desempeño de la institucional pública, la discrecionalidad para asignar recursos públicos, la falta de transparencia en los procesos, la deficiente o nula información pública, los riesgos por malas practicas del hombre frente a la naturaleza, la desconfianza ciudadana en los procesos de participación política, la mala calidad de los servicios, la restricción al ejercicio de la garantía y restitución de los derechos ciudadanos, el monopolio natural de la gestión pública, (fuerza pública, la justicia, la capacidad reguladora, el urbanismo, etc.), la exclusión social, la discriminación, la presencia de las múltiples formas de violencia, la desconfianza generalizada de unos y otros, y por lo tanto hemos construido una permisividad cultural que las acepta como práctica normal, por lo que nos acostumbramos a convivir con ellas en la ciudad ejemplo de la anticiudad, de todos y de nadie.

Pero lo que es peor, cuando nos ponemos a reflexionar sobre nuestra caótica situación argumentamos que la culpa es del otro y no mía. Y en esto, todos y todas somos responsabilidades por acción u omisión, por haber realizado las cosas mal o por dejar que otros las hicieran.

¿Pero cómo salir de la crisis? ¿cómo dejarles a nuestros hijos una ciudad vivible?. Es el momento para que todos y todas recapacitemos sobre ello. No sobre que me puede dar Soacha a mí, sino que le puedo yo dar a mi ciudad. Como afirma García Márquez “Es una ocasión propicia para empezar otra vez por el principio y amar como nunca a la ciudad que merecemos para que nos merezca”(2).

Sin duda, los habitantes de Soacha tendremos que superar la creencia de que los factores enumerados son una condición normal de nuestra sobrevivencia y que el cambio es una responsabilidad de otros, tendremos que entre todos y todas en una acción socialmente construida, reformular nuestras reglas de juego y hacer entender a las instituciones nacionales distritales y departamentales que éstas son las que queremos que ellas jueguen.

Tendremos que socialmente desarrollar un proceso de construcción y aprendizaje colectivo en el que se definan los propósitos compartidos por la sociedad en un horizonte de largo plazo; una estrategia y un proyecto político que genere lazos de confianza e institucionalidad entre los Soachunos raizales o por adopción y no sólo una estrategia de desarrollo. Esta estrategia debe representar los intereses de todos los actores de desarrollo en la Ciudad, a veces conflictivos, lo cual es posible sí existe previamente un proyecto que nos comprometa a todos los ciudadanos y tenga en cuenta la interacción que se da entre ellos, su dinámica y el grado de compromiso y responsabilidad de cada uno de éstos desde su respectivo campo de acción, para construir una nueva Soacha, con otra cultura local de lo público, de lo que es de todos y con nuevas reglas de convivencia ciudadana que generen confianza y pertenencia en los ciudadanos.

La invitación entonces es a que pensemos “que la ilusión esta ahora en la estación propicia para vislumbrar los albores del tiempo serenado, que el mal que nos agobia ha de durar mucho menos que el bien, y que solo de nuestra creatividad inagotable depende distinguir ahora cuáles de los tantos y turbios caminos son los ciertos para vivirlos en la paz de los vivos y gozarlos con el derecho propio y por siempre jamás. Así sea.»(3)