Por estos días ando algo acucioso con el tema de las entrevistas, sobretodo de escritores famosos porque se me ocurrió pensar que si no sabemos mucho, es porque no nos han enseñado, y que Soacha con medio millón de habitantes no puede estar tan alejado de la realidad, o mejor dicho, no esa realidad triste de los contratos incumplidos, las promesas rotas, las inundaciones, los deslizamientos, el cruce infernal a la entrada de Ducales por la autopista sur y la política que por estas épocas se nos mete en cualquier pequeño espacio que encuentre.


Pero siguiendo con los escritores y la literatura, entonces nos da la misma tener mega bibliotecas si no nos han inculcado el hábito de la lectura y peor aún sentimos tan lejanos a esos personajes míticos llamados escritores. Con los pocos que he podido charlar en estos días como Mario Mendoza y el Maestro Sergio Álvarez, coinciden en que es necesario crear puentes entre la gente del común y los libros, y claro está, entre ellos que son quienes los escriben.

Es por eso, que me propuse entrevistar primero, por obvias razones, al Maestro Eugenio Díaz Castro, nuestro gran escritor y representante de estas tierras, famosísimo por ser el autor de Manuela, considerada en su época la novela nacional y una de las iniciadoras del género costumbrista en Colombia, además de innumerables artículos de costumbres publicados en los periódicos El Bien Social, El Mosaico, El Bogotano, Biblioteca de Señoritas y La América entre otros.

El Maestro Eugenio Díaz no solo me recibió en su casa, la de ahora, porque en la que pasó sus primeros años de juventud, en un sitio llamado la hacienda “Puerta Grande” reposa hoy día bajo las aguas de la represa del Muña. Eso sí, aunque muy amablemente me permitió hacerle algunas preguntas, desde un principio dejo claro que no permitía que lo filmara. Pero, entremos en materia, que los espacios en prensa son cortos.

Germán Cuesta. Gracias por recibirnos Maestro Eugenio. Empecemos por contarles a los lectores de periodismo público, sobre sus primeros años.

Eugenio Díaz. Bueno, yo soy legítimo hijo de José Antonio Díaz y Andrea de Castro. Fui bautizado el 8 de septiembre de 1803, por fray Silvestre Polanco, y mis padrinos fueron el escritor José Joaquín Ortiz que por si no sabían junto a José Eusebio Caro y Julio Arboleda, constituyó la tríada de mejores poetas románticos de la Nueva Granada, y Josefa Díaz, según consta en el libro 10 de bautismos del Archivo Parroquial de Soacha, el cual puede revisar cuando quiera.

G.C. Ni más faltaba Maestro.

Eugenio Díaz. Mis primeras enseñanzas las recibí en el Colegio de San Bartolomé, donde tuve por compañeros a Florentino González, político, periodista, hombre público y catedrático santandereano, famoso entre otras, por haber participado el 25 de septiembre de 1828, en Bogotá, en el atentado contra el general Simón Bolívar. También compartí con Ezequiel Rojas, de los más importantes políticos liberales de los primeros años de la República. Desafortunadamente, debido a una afección al pecho y a las secuelas de un accidente sufrido al caerme de un caballo; me tuve que retirar del colegio y continuar mis lecturas y estudios por mi cuenta, en la hacienda Puerta Grande, propiedad de mis padres, que como le comentaba, quedó bajo las aguas de la fría represa del Muña. Épocas difíciles porque no era tan sencillo como hoy en día conseguir libros y claro, para subsistir, me dediqué a las labores del campo.

G.C. Maestro, no es mucho lo que se conoce de su vida desde esta época de niñez y juventud hasta 1858, cuando se le presentó a Vergara y Vergara [[1]] en su casa, con los originales de Manuela bajo el brazo. Sólo conocemos algunos datos aislados sobre su vida.

Eugenio Díaz. Como le digo, para sobrevivir me dediqué a las labores del campo, a veces como propietario y a veces como mayordomo, en distintos lugares de la Sabana de Bogotá y de tierra caliente. En mi artículo autobiográfico «Mi pluma», cuento algunas cosas, como por ejemplo, describo las diferentes plumas que he usado a lo largo de mi vida de escritor, por ejemplo, en la escuela fue de castilla, de plumas de ganso en la Sabana, de pava y guacamaya cuando estuve en tierra caliente, o de guala en los trapiches.
Cuando vivía solo en un establecimiento entre los montes, cuando atravesaba los ásperos caminos, o cuando no tenía yo con quién conversar sino con mis arrendatarios o peones […] cuando estuve en Ambalema, morando entre un salón lleno de prensas de tabaco […] Qué fidelidad la de mi pluma, que me hizo soportables mis penas, desde los montes fríos de la cordillera de Subia hasta los ardientes arenales del Magdalena, lo mismo entre la quina, que entre la caña, que entre el hostigoso y ardiente tabaco de los caneyes.

G.C. ¿Maestro y la política?

Eugenio Díaz. En un artículo aclaratorio aparecido en El Patriota Imparcial, cuento claramente que nunca me he enrolado en sociedades políticas, ni he pertenecido a ningún bando: Una larga experiencia me ha enseñado que la sangre que se derrama en la Nueva Granada para que suban a los puestos nuestros padrinos, prohombres, o candidatos es infructuosamente perdida, porque lo mismo, con cortas excepciones (excepciones que no valen la pena del sacrificio de la vida) mandan todos los partidos; y para el que vive del sudor de su frente, lo mismo es que mande el candidato A que el candidato B. Sí me alisté como soldado en la cuarta compañía del batallón Guardia Nacional de Ambalema, cuando el general ecuatoriano Juan José Flórez amenazó con invadir la Nueva Granada en 1848, pero eso era otra cosa. En ese tiempo, dirigía un negocio de prensas de tabaco en Ambalema.

G.C. Y como escritor, como fueron esos inicios?

Eugenio Díaz: Me encontraba como mayordomo de la hacienda Junca, importante trapiche, en jurisdicción del municipio de Mesitas del Colegio; allí escribí mis primeras obras, entre ellas Manuela, en una antigua mesa de nogal barnizada de negro y con signos masónicos. En 1857 me trasladé a Bogotá para acompañar y atender personalmente a mi madre enferma. En noviembre de 1858, un amigo me publicó una novela corta: Una ronda de don Ventura Ahumada, mi primera producción, escrita hacia 1854 en la hacienda Junca, y editada en la Imprenta de la Nación, de propiedad de Don Lázaro María Pérez. Con este folleto de 44 páginas, en el que el protagonista es un personaje real, don Buenaventura Ahumada, jefe político y de policía de Bogotá entre 1825 y 1830, me doy a conocer como Eugenio Díaz Castro el escritor y comienzo a disfrutar de un relativo éxito. A partir de este momento, colaboré con Biblioteca de Señoritas, un pequeño periódico literario de ocho páginas, del cual salieron 67 números entre 1858 y 1859

El 21 de diciembre de 1858, me presenté en la casa de José María Vergara y Vergara, enviado por Ricardo Carrasquilla y llevando los originales de mí novela. Quería proponerle que fundáramos un periódico literario. Vergara se entusiasmó con la idea, y salieron enseguida a hablar con José Antonio Cualla, quien estaba montando una imprenta. Así nació El Mosaico, cuyo primer número salió el 24 de diciembre siguiente. El Mosaico, más bien fue una tertulia, Al Mosaico pertenecíamos Manuel Ancízar, José Manuel Groot, Medardo Rivas, José Manuel Marroquín, José María Samper, Rafael Eliseo Santander, y José María Vergara y Vergara, entre otros. Nos unía como escritores el propósito de crear una literatura nacional que describiera en cuadros de costumbres la naturaleza y la vida nacionales. En 1861 enfermé y tuve que enclaustrarse, suspendiendo por tiempos los artículos.

No obstante, desde su lecho de enfermo escribió El rejo de enlazar, Los aguinaldos en Chapinero y 32 capítulos de Pioquinta o El valle de Tenza, que no alcanzó a terminar. Murió el 11 de abril de 1865. En cuanto a su obra, Eugenio Díaz Castro escribió cinco novelas, todas publicadas póstumamente, dos novelas cortas (Una ronda de don Ventura Ahumada y María Ticince o Los pescadores del Funza, de tema indigenista) y numerosos artículos y cuadros de costumbres. Manuela, su obra más conocida, elogiada por Vergara y Vergara, Miguel Antonio Caro, Jorge Isaacs, entre otros, comenzó a salir con el primer número de El Mosaico, en 1858, pero su publicación fue suspendida en el capítulo 8 porque, según Vergara, don Eugenio no quería poner en limpio los confusos borradores. En 1866, Manuela apareció como parte de la colección Museo de cuadros de costumbres, dirigida por Vergara, y sólo hasta 1889 fue publicada en una edición independiente, por la Librería Española de Garnier Hermanos en París.