Cada día que avanza este mes de noviembre se caldean los ánimos en Colombia en torno al paro del 21. No han sido pocos los sectores que se han manifestado en favor de la movilización, como tampoco han faltado aquellos que enfatizan su rechazo al mismo. Una vez más, se evidencia la profunda fractura que amenaza a este país, desde hace tantos años. Como en cualquier otra coyuntura, es evidente que cada quien trata de jalar para su lado y defender, incluso con violencia e insultos, sus intereses y su forma de pensar, o lo que pasaría por tales en la época de los “influencers” y los “intelectuales” de redes sociales.

No basta con conocer la historia (o presumir de ello) para no repetirla, ni tener a la mano un par de datos “clave” sobre lo que aqueja al país desde hace cincuenta, setenta o doscientos años (cada quien ponga aquí su cifra predilecta), si no se intenta comprender no a quien piensa igual que uno, sino a quien discrepa totalmente y si no se trata de establecer un diálogo mínimo con él o ella. Hace poco un amigo chileno me dijo que los colombianos siempre escondemos algo, y creo que es cierto: escondemos un oscuro resentimiento y un odio que destilamos cada vez que tenemos oportunidad, y ello se ve desde los “vándalos” que destruyen lo que se les atraviesa hasta la “gente de bien” que arma grupos paramilitares y pseudo-paramilitares para amenazar a quienes no se pliegan a sus propias opiniones.

Creo que el paro del próximo 21 tiene un sentido profundo. Tiene que ver con la posibilidad de repensar a Colombia, de reflexionar sobre ese resentimiento y sobre el servilismo disfrazado de buenos modales. Más importante que la crítica es la autocrítica, algo por sí mismo muy difícil, pero necesario para intentar transformar lo que hemos sido como individuos, pero también como sociedad.

El miedo de muchos sectores reacios a la protesta es el tema de los “vándalos” (sí, siempre entre comillas), dado que se ve en ellos el espectro de una fuerza política siniestra que se “infiltra” para desestabilizar la sociedad. El problema es que yo no veo en ninguna parte una sociedad estable, sino un constante apelar a la fuerza para contener el descontento. Tampoco veo las razones “políticas” que hallan detrás de los desmanes. No es necesario ser comunista, anarquista o hacer parte de una conspiración masónica internacional para odiar a transmilenio o a los bancos, para ello basta solo con subirse al sistema y tener tarjetas de crédito.

El verdadero problema de la violencia en las protestas es estructural, además de las provocaciones de la fuerza pública (que también tiene sus infiltrados). El odio y el resentimiento que están a la base de la inconformidad social se deben a que las personas están cansadas de ser explotadas y vejadas, de que se justifiquen los bajos salarios y el desprendimiento de las responsabilidades del Estado (“trabajen, vagos”, cantan cínicamente los defensores de ello), mientras la corrupción carcome el dinero público (el “patrimonio” que dice defender la “gente de bien”), que los subsidios a los pobres se vea como alcahuetería, mientras se subsidia al rico y se le premia (por supuesto, eso no es ilegal, pero ahí está el problema)… ¿faltan acaso más razones?

¿Dónde está la fuerza pública para defender al ciudadano? Se pide respeto por la policía y al ejército por su labor para proteger a la sociedad, pero ¿a quién protegen? Mientras la delincuencia y la corrupción va impunemente en aumento, la fuerza pública se ensaña con los civiles. La desobediencia y el irrespeto a la autoridad se tipifican como delitos más graves que el robo y el asesinato. Frente a la imagen de un policía armado amenazando a un estudiante desarmado o el conocimiento de una acción criminal del ejército sobre personas “que nadie va a extrañar”, no puede haber indulgencia. El problema no es que la fuerza pública cumpla con su trabajo, sino que no lo están haciendo, y lo más censurable es que caigan en las acciones criminales que dicen combatir. Si se les entrena como una fuerza letal no es para que la apliquen (y menos contra el indefenso), sino para que no tengan la necesidad de hacerlo (ese es un principio de todo entrenamiento), porque actuar de la misma manera que el criminal, por más justificado que parezca, los rebaja a su nivel y hace perder su legitimidad.

¿Para qué el paro, entonces? Para resignificar el resentimiento social, para cambiar el odio ciego de la destrucción en una propuesta política (en sentido amplio) que extienda la participación al electorado primario, para que la democracia no quede en letra muerta y en ese desasosiego general que resulta tras las elecciones. A diferencias de lo que han dicho sus detractores (Álvaro Uribe en cabeza), el paro no es una declaración de guerra, sino una apuesta por la paz que apunta hacia el centro del problema: la violencia estructural que ha engendrado la violencia social, y ello no se puede hacer en silencio.

Milan Kundera dijo en una novela famosa que la movilización a veces no es más que una forma de hacer teatro, pero que en el estado de cosas actual hacer teatro es mejor que no hacer nada. Entonces, hagamos teatro.

Diego Alfonso Landinez Guio

die_nihil@yahoo.es