La Organización Mundial de la Salud (OMS) estableció una meta mundial para reducir 5 gramos la ingesta de sal en la dieta (una cucharadita) por persona para el año 2025. Sin embargo, la ingesta de sal es actualmente muy superior a esta cantidad en casi todos los países del mundo occidental.


Ingerir menos sal en las comidas puede salvar millones de vidas cada año en todo el mundo al disminuirse considerablemente los riesgos de enfermedades cardíacas y los accidentes cardiovasculares, de acuerdo a una investigación publicada en el British Medical Journal.

De acuerdo a este estudio, realizado por el profesor Francesco Cappuccio, reduciendo de a tres gramos de sal al día se podría evitar hasta 8.000 muertes por ictus y hasta 12.000 muertes por cardiopatías coronarias al año en Reino Unido. La OMS aspira a llegar a los 5 gramos cuando la ingesta diaria promedio en el Reino Unido es actualmente de casi 9 gramos.

Una reducción de sal similar en Estados Unidos se traduciría en 120.000 casos menos de cardiopatía coronaria, unos 66.000 ictus menos y 99.000 ataques al corazón menos cada año.

Sin embargo, según los expertos, la pregunta no es si se debe reducir la ingesta de sal, sino cómo hacerlo de manera efectiva. El profesor Cappuccio y los coautores del estudio aseguran que el cambio de comportamiento personal y la elección libre de cada individuo no es una opción efectiva y realista, puesto que la mayoría de la sal se añade a los alimentos antes de su venta y la incorporación comercial de la sal a los alimentos se está convirtiendo en una tendencia global.

Efectivamente, para que el control del consumo de sal se traduzca en una alimentación saludable, es necesario ser consciente de que el 70% de la ingestión diaria de sal deviene de productos preparados y consumidos fuera del hogar. Este porcentaje, alerta de que el consumidor solo añade directamente a la dieta entre el 20% y el 30% de la sal, bien en el cocinado o con el salero.

Estos expertos consideran que hay que enfocar el problema desde cuatro vertientes:

1. Campañas de sensibilización pública y su posterior evaluación de las mismas.

2. Reducción progresiva de la sal en los alimentos procesados ya existentes y colaborar con la industria de alimentos en el establecimiento de normas para los alimentos nuevos.

3. Control del proceso a través de una topografía de la ingesta de sal de la población, así como del progreso de la reformulación y la eficacia de las campañas.

4. Establecer un compromiso con la industria, que incluyera regulación, para crear igualdad de condiciones a fin de no crear desventajas a las empresas.

Para Cappuccio, «debe ser reconocida la gran responsabilidad de los fabricantes de alimentos en la contribución a disminuir la epidemia de enfermedades cardiovasculares».

«La colaboración del mercado, la industria, la sociedad, los gobiernos y de todos los que se necesitan para desempeñar este proyecto es fundamental. Sin embargo, la negación y la dilación serán costosas en términos de enfermedades evitables y de gastos «, concluye el experto.

Fuente: Espectador.ar