Por: Juan Manuel Ruiz –  @jmruizmachado

Dentro de cien años, o más, cuando alguien como Harari o Peterson o Zizek trate de describir lo que fue nuestro tiempo, se encontrará con que fuimos una generación bombardeada de información, a toda hora y en todo instante y lugar, y que ese bombardeo, al estilo del Enola Gay sobre Hiroshima, causó consecuencias irreparables en los seres humanos, convirtiéndolos en distraídos, abrumados, dispersos y perplejos.

Esa es mi apuesta. Si tuviera el talento y las aptitudes de un pintor como El Greco, atrapado en sus sueños monstruosos, trataría de plasmar en el lienzo lo que es esta era con muchos hombres en el centro del cuadro siendo sometidos a una implacable lluvia de granizo informativo, de la cual tratan de huir, pero con la cual parecen condenados a convivir el resto de su existencia.

Tantos datos, todas esas noticias, las de verdad y las falsas; tantos mensajes de texto, tantas llamadas de números desconocidos; los videos, los anuncios emergentes y disruptivos; los miles de canales llenos de información nos habrán afectado de tal manera que al ser humano, maniatado, le será imposible asimilar, almacenar, comprender, comunicar y explicar. Mucho menos conversar. El hombre tendrá que aprender nuevamente a hablar, a conversar, a oír y a escuchar, cuatro cosas muy distintas pero indispensables para la supervivencia humana.

Sé que a diario nos pasa, no solo a los periodistas. Recibimos o consumimos tanta información que ya no sabemos quién ni dónde dijo lo que dijo; qué pasó y si es nuevo o es viejo; quién es quién y si es un mesías o un bribón. Escasamente memorizamos datos relevantes que validamos al momento de transmitir una impresión o intentar una opinión. Citar de memoria se hace cada vez más precario, y otorgar validez a un texto que leímos es un ejercicio de alto riesgo de caer en el error.

Pero lo que más lamento de esta situación es la manera como se ha pauperizado la posibilidad de conversar, que en otro tiempo fuera un verdadero arte.  Cuando existían, por ejemplo, las tertulias, las reuniones sociales o los encuentros, la conversación podía llegar a ser un ejercicio intelectual apasionante, en el que varias personas compartían conocimientos, o simplemente aprendían unos de los saberes de los otros en un ameno divertimento.

La literatura se encargó, por fortuna, de inmortalizar grandes conversaciones, diálogos interesantes y formadores, escenas maravillosas de la confrontación dialéctica de hombres y mujeres. Hoy, en cambio, llevar a cabo una conversación coherente es toda una proeza y requiere de piruetas y jugadas mentales para que los contertulios no pierdan el hilo, cambien de tema, se vayan por las ramas y terminen hablando de un asunto totalmente alejado de lo que se quería al comienzo.

Lo siento especialmente por aquellos miles de personas que día a día, por soledad, ansiedad o aburrimiento, desean ser escuchadas; lo siento de verdad. No lo lograrán en este tiempo, a no ser que la sociedad y la cultura barajen de nuevo y replanteen nuevas normas de interacción social que prohíban el celular en las reuniones, sean estas de trabajo o alrededor de la mesa familiar, los televisores prendidos, y el ruido indecoroso e inoportuno.

Me temo, además, que esas nuevas reglas –o viejas reglas reencauchadas para esta situación de emergencia—deberán contemplar la figura del moderador, que en la práctica se parecerá más al viejo domador encerrado en una jaula de leones hambrientos de su propia carne. Ese domador o cornaca –el que amansa los elefantes con elegante destreza—tendrá la misión de recordar a los contertulios el tema del que se va a hablar, si es el caso, o de coordinar que aquel que quiera hablar pueda contar su historia y, si Dios es grande y lo permite, terminarla.

¿Se han dado cuenta de cómo son las charlas de hoy? Si usted quiere contar, por ejemplo, que acaba de llegar de su viaje por Croacia y desea entrar en detalles, pronto será interpelado por otro que ya fue o quiere ir, y que se arranca a contar su propia historia, y quien a su vez es interrumpido por otro que llevará el tema a la guerra de los Balcanes, y otro más terminará hablando de lo caros que están los tiquetes, y el de más allá culminará ese tramo de introducción aprovechando la ocasión para repudiar o aprobar la huelga en Avianca. ¡Y el pobre contertulio que solo quería hablar de Croacia se quedó con las ganas!

Nadie parece querer escuchar al otro, o simplemente no puede porque perdió la destreza. He ahí la cuestión. Eso se traduce a todos los ámbitos, en la intimidad como en el trabajo, en la milicia como en la política. Nadie quiere escuchar a nadie, pero sí quiere ser protagonista: esta era, como ninguna otra, ha disparado la vanidad a límites insospechados.

El límite no es como se piensa, una selfi, por la cual ya muchos han muerto. Va mucho más allá. Me temo que aún no lo hemos concebido. Solo sabemos lo que sospechamos, que con tal de obtener protagonismo –ya tenemos cada uno por lo menos un canal para exhibir nuestra belleza o nuestra inteligencia, tanto como nuestras miserias—somos capaces de todo, de perder proporciones y maneras, y de dar rienda al sentido más grotesco como es el del ridículo.

La distracción nos está volviendo pesados y mutantes. El bombardeo de datos nos tiene abrumados y nos mantiene distraídos del punto central, del eje de las cosas, lo que nos lleva a que en vez de repudiar una masacre de indígenas estemos sobresaltados por un beso. Y las ráfagas de realidad nos mantienen perplejos –asombrados ante los videos que vemos por ahí cada segundo, pero indiferentes.

De manera, pues, que el Harari o el Peterson o el Zizek del siglo XXII, tendrá mucho que interpretar, analizar y proponer sobre lo que hemos sido, en caso, claro está, de que este tiempo no acabe con los pensadores y filósofos. Y no sé si lo haga también con los poetas, que son, como siempre lo han sido y siempre lo serán, la salvación de las civilizaciones y sus sueños.