Este 3 de mayo es bueno que reflexionemos sobre los orígenes (según la tradición) de una de las fiestas más importantes de los católicos: “El Día de la Cruz.” Religiosamente, parece tener su origen en el hallazgo por Santa Elena de la cruz donde murió Cristo, pero lo cierto es que el arraigo popular de la fiesta proviene de ciertas celebraciones de los romanos. La historia, con mucho de leyenda, narra como en el emperador Constantino I el Grande, en el sexto año de su reinado, se enfrenta contra los bárbaros a orillas del Danubio, en una batalla cuya victoria se cree imposible a causa de la magnitud del ejército enemigo. Una noche Constantino tiene una visión en el cielo en la que se le apareció brillante la Cruz de Cristo y encima de ella unas palabras, “In hoc signo vincis” (Con esta señal vencerás).

El emperador hizo construir una Cruz y la puso al frente de su ejército, que entonces venció sin dificultad a la multitud enemiga. De vuelta a la ciudad, averiguado el significado de la Cruz, Constantino se hizo bautizar en la religión cristiana y mandó edificar iglesias.

Desde la perspectiva latinoamericana, la celebración del día de la cruz se remonta a épocas ancestrales en donde los indígenas que poblaron el territorio de lo que hoy se denomina El Salvador, rendían culto a la tierra, a los árboles, sus frutos y a las cosechas.

A la llegada de los españoles, se cristianiza esta conmemoración indígena y se cambia la adoración del árbol, por la adoración a la cruz, máximo signo representativo de la cristiandad.

De esta forma llega la celebración del 3 de mayo, cargada de símbolos, los cuales se manifiestan con una cruz, rodeada de frutas y adornos de papel. El día de la cruz se convierte en una fecha especial, en el que emergen los valores más profundos de una cultura sincrética que une lo cristiano europeo con la tradición indígena latinoamericana.