Mi vinculación con la educación pública en calidad de docente data de recientes años. No ha hecho falta sin embargo haber permanecido más que ese reducido lapso de tiempo para percibir con preocupación la dimensión de la crisis en temas cruciales como la calidad educativa y la convivencia escolar en las instituciones públicas y privadas.


Como los demás problemas que afronta la sociedad colombiana, el tema de la educación hunde las raíces de sus causas en factores estructurales que se han tratado de corregir mediante soluciones parciales y marginales, sin que se logre observar un mejoramiento en tan delicados y cruciales temas.

Numerosos estudios, diversas investigaciones, foros, debates, reformas y cambios institucionales realizados durante los últimos años, muestran de un lado el alto grado de preocupación, pero de otro lado simultáneamente muestran también la ineficacia de las soluciones aplicadas a esos dos problemas en particular.

En todo caso los resultados de esos esfuerzos hechos desde distintos campos y disciplinas han tratado de identificar las posibles causas sin resultado alguno.

Se han atribuido a la explicación de los problemas, causas que van desde la responsabilidad de los maestros por su “incompetencia”, la “ausencia de vocación” o incluso que la calidad educativa se redujo con “el ingreso de los profesionales a ejercer la función docente sin ningún conocimiento ni competencia pedagógica”.

A todos esos argumentos se ha sumado también como causa el tema del hacinamiento en las aulas, derivado de las políticas de universalización y cobertura de la educación que promueve demagógicamente cada gobierno.

No pocos han considerado también que un factor que influye significativamente, sin que ello implique que sea el determinante, es la calidad de la infraestructura, el diseño y las características de las instituciones escolares o la disponibilidad de recursos pedagógicos y didácticos como bibliotecas, laboratorios, salas de informática y aulas especializadas.

No menos importantes han sido las contribuciones hechas por la pedagogía en la solución de los problemas del aprendizaje y la enseñanza, y aunque los resultados de la implementación de los diversos modelos no han sido del todo negativos, los dos problemas enunciados al principio, continúan sustancialmente sin resolver.

Intentando encontrar alternativas en todos los factores que constituyen el proceso educativo no han sido tampoco extrañas las soluciones que tienen que ver con los cambios que tanto el gobierno como las autoridades educativas han hecho a los sistemas de evaluación buscando encontrar los mecanismos, indicadores y logros más apropiados para medir y evaluar los diferentes grados y niveles de aprendizaje de los estudiantes de primaria y básica secundaria.

En fin, podría continuar enumerando infinidad de factores que inciden en mayor o menor grado en los resultados de la calidad educativa y la convivencia pero sin que se hayan evidenciado mejoras significativas, pues al menos eso se desprende de los resultados de las diferentes pruebas tanto nacionales como internacionales que miden y evalúan el avance del aprendizaje y el conocimiento de los estudiantes colombianos.

Lo cierto es que un gran porcentaje de bachilleres que están egresando actualmente de las instituciones públicas y privadas, carecen de las competencias básicas necesarias para acceder al mercado y al mundo laboral. Y con mayor razón cuando se trata de su ingreso a la educación superior pública y privada en la que diversos estudios han llegado a la conclusión que los altos niveles de deserción o deficiente formación profesional son consecuencia de los insuficientes y pobres niveles de los conocimientos adquiridos durante su formación en el bachillerato.

En su habitual columna que publica el diario “EL TIEMPO” el investigador y catedrático universitario Jorge Orlando Melo expresaba que: “Colombia comparada con otros países, tiene una educación muy mala y no sabemos por qué”.

Frente a esta contundente afirmación me voy a permitir plantear en este breve espacio que el problema y la respuesta están en el aula de clases de las instituciones escolares y en el contexto de las familias de los estudiantes que en su mayoría no llegan a las instituciones precisamente a estudiar ni mucho menos a aprender .

En las hacinadas aulas de clase actuales, contrario a lo que expresaba en días pasados la ministra María Fernanda Campo, entre la mayoría de los estudiantes impera en los procesos del aprendizaje la mentalidad de la ley del menor esfuerzo, el facilismo, el desinterés, la negligencia, la falta de compromiso y responsabilidad, la indisciplina, la mediocridad, el ausentismo, la evasión de clase, la copia o el plagio.

Desde el punto de vista de la convivencia los y las jóvenes escolares, trasgreden de manera sistemática y permanente casi todas las reglas básicas de la convivencia y la calidad académica al interior de las instituciones escolares, independientemente de que estas hayan sido establecidas unilateral o multilateralmente con los estudiantes y los padres de familia.

El matoneo, la intimidación y la agresión a compañeros y maestros, el daño a los bienes de las instituciones cuando no su robo por parte de los y las jóvenes escolares, son las conductas más comunes que predominan en sus relaciones cotidianas.

Tanto en el caso de la calidad de la educación como en el de la convivencia prevalece con gran fuerza la cultura de la ilegalidad que se alimenta cotidianamente con el ejemplo de la ausencia total de una ética pública y privada de quienes en muchos casos imparten la educación pero sobre todo entre quienes hacen las leyes y de quienes están encargados de hacerlas cumplir.

Como si la situación no fuera ya lo suficientemente grave y preocupante, la responsabilidad y compromiso de los padres de familia es tan difusa y limitada que raya casi totalmente en la indiferencia o la permisividad por no decir que en la alcahuetería, hasta tal punto que su interés cuando mucho se limita al proceso de matricula de sus hijos para poder obtener en contraprestación los certificados de estudio de sus hijos que les permitan asegurar los ingresos derivados de los programas asistencialistas del gobierno como “Familias en Acción”, los subsidios y todo tipo de limosnas que promueven la pereza, la desidia, la irresponsabilidad, el conformismo y la sumisión de los estudiantes frente a sus obligaciones escolares y familiares.

angelhumbertotarquino@yahoo.es