En términos generales, al ser humano le encanta acumular cosas. Desde zapatos, papeles y libros viejos hasta odios prehistóricos y tristezas de infancia. Parece que llevara en la sangre la compulsión por guardar cosas que en la práctica no le sirven: botellas, monedas, recibos, camisas viejas, enchufes, agujas, discos, fotos, cuadros, vasos, cajas rotas. Esperanzas que no se van a cumplir. Añoranzas de seres queridos que no van a volver.


La filosofía del acumulador reside básicamente en dos postulados: el primero, pensar que todo lo que tiene le sirve o le va a servir en algún momento. El segundo, creer que desprenderse de lo que tiene le va a causar algún dolor. Quizás lo que el acumulador no quiere aceptar es que entre más largo sea el viaje más ligero debe ser el equipaje. El largo viaje que es la vida.

Esa acumulación de cosas, de objetos –de ideas, de planes y proyectos—se ve en todos los ámbitos de la vida, no solo la cotidiana sino también la social. En la política, por ejemplo. Lo contrario a la política es la acumulación de los problemas sin resolver. La acumulación de anuncios rimbombantes y la poca ejecución de los mismos es un mal de los gobernantes, quizás porque la dialéctica, la palabra, el versito, son más poderosos y encantadores que la praxis, tan debilitada, tan pobre, tan paquidérmica.

En la política actual, aplicar la filosofía de la acumulación es una contradicción frente al progreso. La acumulación de procesos es una de sus formas (de procesos de paz, por ejemplo). Acumular procesos sin resolver, esto es, sin terminar el que se comienza, conlleva a la formación de una larga cadena de problemas acumulados, mayores y más complejos los nuevos que los anteriores. Los problemas acumulados se convierten en problemas cada día más difíciles de resolver.

En la filosofía de la acumulación se contradice el postulado máximo del Homo Faber: hacer las cosas bien, pero hacerlas ya. Los mal llamados exitosos son precisamente aquellos que hacen las cosas bien y las hacen ya, las hacen rápido y con eficiencia. No solo en la política, no solo en la profesión. También en lo espiritual o en lo afectivo: seleccionan lo que es viable, lo que es posible, lo hacen ya, dejan atrás lo que daña o lo que duele. Y listo. No acumulan esos sentimientos de dolor, dan rápida y sabida sepultura a ese pasado que persigue como las garras afiladas de un águila imperial. No sé si eso sea bueno o sea malo.

En el fondo, lo que es transversal a la filosofía de la acumulación es la postergación. El hombre que se posterga, que aplaza, por ejemplo, su felicidad, o la realización de sus planes, es un hombre permanentemente montado en una nube de ilusiones vanas. De sensaciones o momentos que, repito, no van a volver. Y ahí surge entonces un antídoto que puede servir, y que el budismo enseña bien, y del cual seguramente hablaremos algún día, o tal vez no: el desapego. El hombre que es capaz de desapegarse –de personas, de cosas—hace más por su felicidad que el que acumula fracasos, derrotas, ilusiones y felicidades pasadas.