En abril de 2006 el Papa Benedicto XVI al recibir en el Vaticano a los prelados de la Conferencia Episcopal de Costa de Marfil y al referirse a la violencia vivida por éste país africano afirmó que la misma acarrea “un duro golpe a la confianza entre las personas y a la estabilidad del país, dejando tras de sí muchos sufrimientos difíciles de curar”.


Los exhortó a restablecer el tejido social de la nación iniciando el largo camino de la paz que no es fácil pero tampoco imposible. Pronunció unas palabras que en este momento de la historia de América del Sur caen como anillo al dedo.

“Para restablecer una paz verdadera es necesaria la concesión de un perdón generoso y la reconciliación auténtica entre las personas y grupos afectados que entablen un diálogo valiente, examinando las causas que provocaron los conflictos».

Para lograr este objetivo, dijo el Papa es necesario restaurar la confianza entre las personas en conflicto, a pesar de las diferencias de opinión.

Ya Su Santidad Juan Pablo II en Julio del 2003 en un mensaje dirigido a los Cardenales Józef Glemp de Polonia, Marian Jaworski y Lubomyr Husar de Ucrania, afirmó que el perdón es necesario para construir un mundo que respete la vida y alcance la paz. «Como Dios nos ha perdonado en Cristo, es necesario que los creyentes sepan perdonar mutuamente las ofensas recibidas y pedir perdón por las propias faltas, para contribuir a preparar un mundo que respete la vida, la justicia, la concordia y la paz».

El mensaje fue dirigido a los polacos y ucranianos con ocasión del 60 aniversario de los «trágicos sucesos de Volinia», región entre Polonia y Ucrania que sufrió la Segunda Guerra Mundial.

«A sesenta años de aquellos tristes acontecimientos se ha ido afirmando en el ánimo de la mayoría de los polacos y de los ucranianos la necesidad de un profundo examen de conciencia. Se advierte la necesidad de una reconciliación que consienta mirar al presente y al futuro con ojos nuevos», insistió el Papa.
El Santo Padre recordó que en el Jubileo del 2000, la Iglesia «pidió perdón por las culpas de sus hijos, perdonando también a cuantos les habían ofendido», explicó que «de este modo ha querido purificar la memoria de los tristes sucesos de todo sentimiento de rencor y de venganza, para proseguir reanimada y confiada en la obra de edificación de la civilización del amor».

«La Iglesia propone este mismo comportamiento a la sociedad civil, exhortando a todos a una reconciliación sincera. Es una prioridad urgente si se considera la gran necesidad de educar a las jóvenes generaciones a que afronten el futuro no bajo condicionamientos de una historia de desconfianzas, prejuicios y violencias, sino en el espíritu de una memoria reconciliada».
En tres parábolas de perdón y conversión que pronuncia Jesús durante su ministerio público se puede leer lo paradójico que resulta el momento histórico de los países hermanos.

“En la parábola del fariseo y el publicano (Lucas 19, 10-14) nos molesta el hombre justo puesto odiosamente de pie ante el altar y nos resulta en cambio agradable el hombre pecador que se golpea el pecho en el fondo del templo reconociendo su pecado.

En la parábola del hijo pródigo (Lc.15, 11-32), ocurre algo muy parecido. El hijo menor, que abandona a su padre y malgasta sus bienes en una vida libertina, es el héroe de esta parábola. En cambio el hijo mayor que aparentemente es bueno, que es fiel a su padre, termina haciendo un papel mezquino.
En la parábola de la oveja descarriada (Lc.15, 4-7) es precisamente ésta el objeto de toda la fiesta. Las noventa y nueve no le dan al pastor tanta alegría”.
Quiera Dios que los dirigentes de estas naciones hermanas abran sus oídos a la Palabra que da vida y al clamor del pueblo que a gritos exige el perdón, la reconciliación y por ende, la paz.