Debería ser una ciudad incluyente, donde las personas pudieran convivir de manera tranquila, en la cual se tuvieran muy en cuenta las necesidades y los sueños de sus habitantes, una ciudad que no niegue o excluya al otro por su procedencia o por su condición económica, una ciudad que no condene sino que integre, pero vemos inclusive en Suacha una exclusión de las personas que viven en las zonas residenciales o en los conjuntos de apartamentos con relación a los marginados de la historia, hacía los desplazados que a diario llegan a vivir acá, o como diría Franz Fanon al titular su famoso libro “los condenados de la tierra”.


Una ciudad de derechos debe ser aquella que no deshumanice, pues la expresiones de violencia son notorias en el diario vivir de nuestro golpeado territorio; desde el pasajero que debe irse aprisionado en el bus para llegar a su trabajo, siendo tratado como mercancía de valor-uso, la señora de avanzada edad que debe soportar largas filas para ser atendida en los pocos centros de atención medica que existen, hasta el joven que debe confinarse en ciertos espacios porque no hay muchos sitios donde pueda desarrollar algunas de las actividades que podrían liberar su visión anquilosada del mundo, liberar su ser, dejando de ser el estigmatizado de la sociedad.

Por ejemplo, otra de las clases sociales a las cuales se les han negado sus derechos es el campesino que vive relegado en sus parcelas con la zozobra del diario vivir, rematando sus productos para subsistir sin la ayuda en términos programáticos por parte de las instituciones locales. Los derechos de ellos no cuentan a pesar que la población de origen rural en Suacha es considerable, por otro lado sus productos podrían comerciase entre la numerosa población urbana, aun así los habitantes de esta ultima desconocen que Suacha posee extensas zonas rurales ancladas a una larga tradición agrícola.

Los estudiantes de los colegios y universidades no reciben una educación de calidad que verdaderamente respondan a sus expectativas y ante todo a su contexto social, negándoles la posibilidad de comprender de forma más certera aquella realidad en la cual están imbuidos, para que sean participes en la construcción de propuestas que respondan a las fenómenos que a diario los afectan. No hay una conciencia crítica sobre la educación en Suacha, generando una nueva perspectiva sobre lo vital que podría ser este aspecto para construir una senda distinta a la cual estamos transitando.

Suacha lamentablemente no es una ciudad de derechos, sino un territorio deshumanizado que ha sido configurado por las necesidades de la capital y del capital, aquí vive la mano de obra de la ciudad, aquí están los trabajadores que con mucho esmero se endeudan para adquirir una vivienda en una ciudad congestionada y que a la vez con sus deudas le proveen amplias ganancias a las urbanizadoras, a Transmilenio, a las industrias de explotación minera y a los centros comerciales que rápidamente se erigen en el municipio respondiendo a la imperiosa necesidad de consumo que debe ser satisfecha por encima de las necesidades de la salud, la educación, la construcción de vías y de redes que provean los servicios públicos, además de zonas para la diversión y el sano esparcimiento.

Nos tocó ser el reflejo de la desdichada Colombia que se ha venido desangrando en constantes conflictos y tipos de violencia, por tal razón, y de manera reiterativa afirmo que somos una ciudad deshumanizada y sin derechos, que a pesar de haber entregado mucho nada le ha sido devuelto, inclusive el derecho a conocer su historia, porque hasta los vestigios arqueológicos de miles de años reposan en las bodegas de las universidades e instituciones de la capital.