Hacia un país distinto

En estas líneas seré algo pretensioso al compartir mi posición personal respecto al proceso de paz, aclarando que no aspiro a cambiar posiciones sino a generar alguna reflexión en el lector sobre lo que está a punto de concretarse en La Habana, y que en buena medida determinará la ruta de navegación hacia un país distinto, por lo menos en lo que respecta a los próximos años.


De entrada considero que el país merece transitar por un camino diferente al cual ha trasegado desde hace más de 60 años, ese que ha sido marcado por constantes episodios de violencia y barbarie que a lo largo del periodo ya mencionado se ha matizado bajo el espectro de distintas ideologías e intereses. Primero el conflicto radicó una asidua lucha bipartidista, después, la aparición de guerrillas campesinas de estirpe liberal que poco más tarde tomarían las banderas del comunismo por la falta de respaldo de los liberales, y ofrecerían una fuerte resistencia al orden imperante que procuraba salvaguardar los intereses de la aristocracia nacional, aquella que a su vez obedecía a un orden internacional.

Posteriormente en los años 80 hace su aparición el fenómeno del narcotráfico y se refuerza la proyección de bloques de ejércitos “privados” que tenían como objetivo evitar los ataques de las guerrillas, en especial, para quienes veían en riesgo sus intereses e inversiones de tipo político y económico en las regiones donde se prolifera la presencia de estos grupos.

Lo anterior muy seguramente se queda corto para describir la violencia en Colombia y sus múltiples caras, no obstante, es importante recordarlo para hacerse una idea del panorama social y político en Colombia, el cual ha dejado una cantidad inconmensurable de victimas; asesinados y desplazados elementalmente. Bastaría observar los recientes informes de Human Right Watch o el famoso informe del Centro de Memoria Histórica “Basta ya” para comprender lo que ha sido del conflicto armado en nuestro país, que según las palabras del ya fallecido historiador inglés Eric Hobsbawn: es el de más larga duración en el hemisferio occidental (no por algo las FARC son la guerrilla más antigua del contienente, y quizá del mundo en la actualidad).

Por otro lado, algunos informes elaborados por el Banco Mundial y la CEPAL incluso afirman que Colombia se encuentra dentro de los primeros 5 países con mayor desigualdad social en América Latina, y es muy probable que el conflicto armado y el constante choque de intereses tenga que ver en este aspecto. ¿Pero cuál es el objetivo de mencionar todo lo anterior? Principalmente que nuestro país debe por lo menos intentar una alternativa diferente a la guerra, y esa opción es firmar la paz con las FARC, poniendo de relieve que este apenas es uno de los diversos actores del conflicto armado, pero que en el caso de concretarse si y solo si los colombianos lo deciden; se podría iniciar el proyecto de forjar una paz con los otros actores que también están inmersos en el conflicto.

Seguramente algunos siguen enfrascados en acabar con la guerrilla por la vía militar, afirmando de manera equivoca que estas son las únicas causantes de todos los males del país. Otros aducen que no puede firmarse un acuerdo si todos y cada uno de ellos no pagan por sus delitos. Sin embargo a ellos los conmino a pensar en dos cuestiones: ¿Cuánto dinero invierte el estado colombiano en guerra? Y ¿Únicamente las FARC son los responsables de delitos y crímenes que han desangrado a la sociedad colombiana? Si nos formulamos estas dos simples preguntas desde una perspectiva ética, se encontrará que también hay una corresponsabilidad del conflicto respecto al estado colombiano.

También si se hiciera una cuenta del dinero gastado a lo largo de 60 años para combatir las guerrillas se hallará una cifra exorbitante que probablemente hubiese servido para invertir en desarrollo social, progreso de las regiones, educación, investigación científica, cultura, entre otras cosas. No obstante, la visión vedada de algunos colombianos poco les permite comprender esto, y por el contrario insisten en el desangre entre compatriotas porque más allá de pensar el país de manera responsable lo hacen llevados por las doctrinales ordenes de aquellos que han visto en la guerra un negocio o, una cortina de humo para esconder sus mezquinos intereses.

Para concluir invito a aquellos que optan por el NO a pensar si de manera directa o indirecta sus familias no se han visto afectadas por el conflicto, o si saben que producto de este problema nuestra Colombia está en el penoso segundo lugar a nivel mundial con más población desplazada a nivel interno después de Siria, o si están dispuestos a seguir arriesgando la vida de compatriotas que deben en últimas sacrificarla por un ideal sesgado de nación, y si están en la disposición de ver como se desperdician los recursos en guerra en vez de ir enfocados a aquellos aspectos vitales para una sociedad como lo son: salud y educación. Si usted es el típico colombiano de a pie que piensa votar por el NO a la paz, le confirmo que usted está incurriendo en una seria contradicción que tiene una fuerte connotación política e histórica, sin embargo, somos “libres” de tomar las determinaciones que queramos así estas no estén precedidas de de un serio proceso de reflexión. Usted decide.