Con motivo de la segunda sesión plenaria en el Vaticano de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales en marzo de 1996, el Papa Juan Pablo II pronunció un discurso en el cual resaltó los puntos más relevantes de la doctrina cristiana sobre el empleo.


El empleo una inquietud permanente

Hoy día se constata que cada vez aumentan las desigualdades entre países ricos y países pobres, pero también las desigualdades crecen dentro de las naciones. Reflexionar sobre el empleo es oportuno en la sociedad contemporánea, en la que las transformaciones políticas, económicas y sociales exigen una nueva repartición del trabajo. El empleo es una inquietud permanente de la Iglesia que ya se mostraba en la encíclica Laborem exercens, donde el mismo Papa decía que mediante el trabajo el hombre «no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que también se realiza a sí mismo como hombre, es más, en cierto sentido ‘se hace más hombre’ » (n. 9).

La doctrina social, lo decía Pablo VI, no presenta propuestas concretas y no se confunde «con actitudes tácticas ni con el servicio a un sistema político» (Evangelii nuntiandi, 38). La Iglesia no sustituye a las autoridades políticas ni a los responsables de la economía, para llevar a cabo acciones concretas que correspondan a su competencia o a su responsabilidad en la gestión del bien público sino que recuerda las condiciones de posibilidad, en el campo antropológico y ético, de una actividad social que debe poner en su centro al hombre y a la colectividad, para que cada persona se desarrolle plenamente. Ofrece «principios de reflexión», «criterios de juicio» y «directrices de acción», manifestando que la Palabra de Dios se aplica «a la vida de los hombres y de la sociedad así como a las realidades terrenas, que con ellas se enlazan», (Sollicitudo rei socialis, 8).

El hombre instrumento de producción

Pablo VI afirmaba que «toda acción social implica una doctrina» (Populorum progressio, 39). Algunos hombres de ciencia o quienes tienen responsabilidad en la vida pública y sólo ven al hombre como instrumento de producción, están desconociendo en el ser humano toda la razón de su ser espiritual, de su deseo profundo de felicidad y de su devenir sobrenatural que rebasa los aspectos biológicos y sociales de su existencia.

“Por eso, la prosperidad y el crecimiento sociales no pueden alcanzarse en detrimento de las personas y los pueblos. Si el liberalismo o cualquier otro sistema económico privilegian sólo a los que poseen capitales y hace del trabajo sólo un instrumento de producción, se transforma en fuente de graves injusticias. La competencia legítima, que estimula la vida económica, no debe ir contra el derecho fundamental de todo hombre a tener un trabajo que le permita vivir con su familia. Pues, ¿cómo puede considerarse rica una sociedad si, en su seno, numerosas personas carecen de lo necesario para vivir? Mientras la pobreza hiera y desfigure a un ser humano, en cierta manera, toda la sociedad quedará herida”, afirma Juan Pablo II.

Los tres grandes valores morales del trabajo

El Sumo Pontífice recuerda que todo sistema económico debe tener como primer principio el respeto al hombre y a su dignidad. «La finalidad del trabajó […] es siempre el hombre mismo» (Laborem exercens, 6) y les recuerda a quienes proporcionan empleo los tres grandes valores morales del trabajo.

Ante todo, el trabajo es el medio principal para ejercer una actividad específicamente humana. Es también, para toda persona, el medio normal de satisfacer sus necesidades materiales y las de sus hermanos que están bajo su responsabilidad. Pero el trabajo tiene, además, una función social. Es un testimonio de la solidaridad entre todos los hombres. Porque la exclusión de los sistemas de producción implica, casi inevitablemente, una exclusión social más amplia, que va acompañada, en particular, de fenómenos de violencia y de fracturas familiares.