Pensar en la situación sociocultural, económica y política colombiana genera no pocas veces desasosiego, genera una sensación de alarma que en muchos casos termina en el miedo por la inseguridad del futuro, y aun del presente… no obstante los ‘triunfos’ de la seguridad democrática, los ‘éxitos’ en términos de movilidad e infraestructura vial, por sólo nombrar algunos de los logros más significativos del país en general, de Soacha y de Bogotá en particular en las últimas administraciones.


Existe cierta desconfianza popular, quizá generada por los frecuentes casos de corrupción o por la negligencia de algunas gestiones públicas (de las que nuestro municipio no está, evidentemente, exento…), que infortunadamente termina por la desesperante indiferencia de quien se encoge de brazos y levantando los hombros dice: “la verdad… no se”… es por esto que queremos atrevernos a emprender una reflexión reseñando un texto de William Ospina titulado ¿Dónde está la Franja amarilla? en la que, mientras nos decidimos a hacer algo, intentaremos al menos ser francos en la medida en que todavía podamos serlo… la pertinencia como siempre la juzgará críticamente el lector, o al menos pretendemos que este artículo sea una excusa para ello.

El texto de William Ospina comienza con una reflexión sobre la evidente crisis que ha sufrido y que sigue sufriendo Colombia, se pregunta si nuestro caso es especialmente crítico, a lo cual responde afirmativamente. Colombia es un país que no asegura las condiciones mínimas de existencia a todos sus habitantes, que por lo general no ha tenido gobernantes que se preocupen realmente por su situación, en donde, por si fuera poco, su población no se atreve por miedo o por desidia a exigir sus derechos y donde quienes lo han hecho han sido por uno u otro medio silenciados ¿Cuál es la causa? ¿Quizá una ‘enfermedad’ intrínseca de la sociedad colombiana? En opinión del autor esta pregunta hay que responderla desde una perspectiva histórica, pues la falta de conocimiento de aquellos eventos que han marcado el país, muchas veces desterrados de la memoria individual y colectiva, nos hace vulnerables a la manipulable opinión pública que se nos muestra frecuentemente viciada de intereses muy particulares.

El principal problema que Colombia ha tenido que enfrentar es la falta de identidad y de compromiso de sus dirigentes, no sólo ahora sino desde el comienzo mismo de la ‘república’. El autor hace un recorrido histórico para mostrar cómo las clases que han gobernado el país han ignorado o menospreciado siempre tanto la riqueza natural como la diversidad cultural de este territorio, han optado por ‘quedar bien’ ante los países que de éste se han aprovechado, en vez de impulsar la autonomía económica, política y cultural del ‘Estado’ colombiano; muestra el autor cómo el aparato político ha sido insuficiente en cuanto a la protección social de las clases populares, siempre denigradas y menospreciadas, pero rapaz en lo referente a la explotación de las mismas; y finalmente, cómo toda revolución y reforma en pro de la sociedad ha sido tímidamente emprendida, pero enérgicamente frenada por la siempre fuerte contrarrevolución conservadora, que no necesariamente ha de entenderse sólo como el partido conservador, sino en el sentido más amplio de ‘sectores conservadores’; ejemplo de ello fue la reacción conservadora (del partido) tanto a las reformas liberales de López Pumarejo, como a las pretensiones democráticas de Gaitán, y que tuvo su más clara expresión con la muerte de éste último.

El asesinato de Gaitán condujo a esa ola de violencia de mitad del siglo XX en Colombia, a la pérdida de la esperanza de los pobres y el alivio de aquellos que sentían amenazado su lucro privado, aquellos llamados por el autor la “aristocracia”, pero que ostentarían más correctamente el nombre de ‘oligarquías’, por el carácter medieval de las familias que se reparten feudalmente cada una de las regiones de ‘nuestro’ país. El autor muestra las tres consecuencias contrarrevolucionarias del “magnicidio”: la nueva postergación del tan necesario cambio social, la violencia entre liberales y conservadores, y el amañado bipartidismo absoluto del Frente Nacional.

Dado que los seguidores de Gaitán no pudieron hacerse sentir más que por medio de algunas violentas manifestaciones, y nada más allá de eso ya que no constituían un todo organizado, sus esperanzas de una mayor calidad de vida y respeto fueron dolorosamente enterradas con el caudillo liberal. La segunda fase de esta reacción conservadora fue la exaltación del odio y la violencia contra todo tipo de oposición, así como la radicalización de los sectores liberales que desató la ineludible consecuencia de la más devastadora violencia que hasta ese momento había habido en suelo patrio y que deja ver sus consecuencias todavía hoy; las ideologías de aquellos que gobernaban fueron infundidas a los campesinos y las clases populares que eran los agentes materiales y, por lo tanto, víctimas directas de la violencia, detrás de quienes se escondían aquellos beneficiarios de la guerra civil y que promovían el conflicto, no haciendo desde luego parte del mismo. En crueles pero precisas palabras: “Era más bien la antigua historia de los pobres matándose unos a otros con el discurso del patrón en los labios” (Pág. 27).

La tercera parte del proceso fue la creación del Frente Nacional con el cual toda diferencia cualitativa entre liberales y conservadores se perdió en la alianza fraterna que significaban los veinte años de monopolio bipartidista del poder. Con esto cesó aparentemente la violencia, pero ¿A qué precio? Al de cerrar toda posibilidad de oposición y gran parte de la posibilidad legal y digna al mismo tiempo de sustento económico de las clases menos favorecidas por el sistema, esto provocó el surgimiento de las guerrillas como única e infortunada forma posible de “genuina” oposición, la delincuencia, el contrabando y el narcotráfico como formas de sustento al margen de una ley económica que no dejaba alternativas legales de sostenimiento.

¿Dónde están los culpables? Se ocultan detrás de quienes piensan que la culpa es de aquellos que directamente participan en los conflictos armados, de la delincuencia, de la pobreza, etc., sin tener en cuenta las verdaderas causas que están detrás de los meros ‘hechos’, de estas personas que han creído y creen que la pobreza radica en los pobres y la delincuencia en los delincuentes, y que para acabar con la pobreza y la delincuencia (completando así un argumento ‘perfecto’) hay que acabar con los pobres y los delincuentes, no ven la causa históricamente real del problema, que la política y la economía han sido irresponsablemente manipuladas con fines privados por parte de los que han gobernado y, para colmo de males, siguen gobernando este país. Pero ¿Cuál es la solución? La presencia de un Estado verdaderamente comprometido con el pueblo, mas ¿Cómo puede surgir tal Estado cuando la ética real de la sociedad colombiana es una ética del egoísmo, de la corrupción, de la envidia y de la violencia? Tomando conciencia de la imperiosa necesidad de compromiso personal con el país, no ver en la sociedad un límite sino la condición de posibilidad del bienestar, no egoísta, en el sentido vulgar del término, sino del bienestar social que tanto anhela y demanda esta pobre sociedad agobiada y doliente.

Pero en lo más profundo de las tinieblas la luz no deja apagar su brillo, el autor resalta cómo la incansable labor de artistas, filósofos, escritores, demás profesionales y personas en general no se ha dado al margen del compromiso social que es Colombia, que dicha labor es la que, a pesar de la opacidad con la que la mayoría de veces es cubierta por una cultura de lo vano, con el compromiso de todos podrá engendrar una nueva posibilidad de cambio de las condiciones de vida existentes. Es la conciencia de que en Colombia no son sus dirigentes sino su pueblo el que hará posible que este país pueda ver nuevos horizontes y no se condene irremediablemente a repetir cada vez más penosa y violentamente los errores de unos cuantos, que terminan siendo los mismos, que no se han comprometido por el progreso social, económico, político, científico y cultural del país. Ya se ha dado un primer paso, o al menos eso parece, con la abolición de la violencia entre rojos y azules, sólo queda repetir las últimas palabras de este lúcido y, en nuestra opinión, excelente texto: “¿dónde está la franja amarilla?” (Pág. 62).