Épocas difíciles aquellas de las que nos hemos propuesto comentar, pues para un pueblo, de entonces, de no más de 15.000 habitantes y con un precario presupuesto que debía repartirse entre la Cabecera y las localidades de Sibaté, Granada y El Charquito, amén de que anualmente se debía continuar con la construcción del camino denominado «El Paso del Caballito», el más costoso del país, era imposible llevar a cabo cualquier obra de importancia para Soacha.


Y así se decía, semanalmente, por el Alcalde a la salida de misa mayor, a la gente que con traje dominguero se ubicaba frente a La Casa Consistorial, para escuchar el bando que se anunciaba a través del tum tum de un tambor, que con paso marcial, cotizas y pantalón a la espinilla, hacía sonar Julio «Cutusungo», el empleado todero de la época.

Era obligatorio, entonces, escuchar al señor Alcalde y de nada valían el casi lloriquear de los niños, ni los tironcillos muy disimulados de las señoras, en la manga del saco de sus esposos, pues ansiosos, ellos deseaban degustar el rico sabor de las arepas con queso que vendía Rosaura. O la exquisita sopa de arroz de Mariana, o la «forcha» preparada en la semana por Federico y Atenais que vendían en la plaza donde funcionaba el mercado.

Y terminado el bando, cada quien se retiraba a cumplir con el rito que jamás cambiaba. Así, unos se encontraban con Rosaura, Mariana o Federico, y los otros iban a comprar las frutas a la Bola Mercedes, o los aguacates «mariquiteños» a Carmen de Castro; la carne a Bandolo, Cochito, Berno Cacao, Ignacio Gordillo, o los Herrera. Otros compraban la llamada sal de terrón, a Fulgencia Ladino, las arvejas y habas, que entre el agua mantenía Polita Amaya, o la panela, la granza y el maíz a Dolores Chávez; el mercado de grano en el almacén de Eulogia Ramírez, Adelia de Rincón o «la madre» Irene Vázquez, y los más encopetados en el Almacén Nuevo, del recordado Ignacio Rocha.

Pero también había quienes degustaban del tinto mañanero y acudían donde Merceditas Ruiz, quien aprovechaba la ocasión para mostrar a las señoras la última moda en hebillas, diademas y ganchos para el pelo; cintas de diferentes colores, medias y adornos para las jovencitas; botones, hilos encajes y demás perendengues los que, precisamente, se debían colocar en los vestidos que les estaba haciendo Rosita Vejarano o Alicia Kovesdy, a quienes en la semana anterior les había mostrado la última revista de la moda.

Los señores, si se aproximaba la Semana Santa, llevaban el paño o concurrían a la prueba del saco, a la Tijera Elegante de Antonio Vanegas, Lucas y Arturo Gallo, o Guillermo Salazar, quien con «Mejoral» formaban la pareja de sastres de la época. También Jesús Heredia y Claudio Bogotá, quienes con sus jóvenes ayudantes Humberto Tarquino, Gustavo Gallo y «Tuchis», eran unos magos para la costura, cuando les dejaba tiempo la culinaria, o mejor, el pollo «sudado» que era su especialidad, como fácilmente se puede atestiguar por antiguos vecinos de Mochuelo.

Claro que también concurrían a donde el Mono Heredia, quien más tarde cambió las tijeras, la plancha, los hilos, el burro y el monigote, por el Código de Policía en una de las Inspecciones de nuestro Municipio. Y finalmente, Simón González, quien estrenó su profesión en el local de Rafael Díaz, ubicado frente a la hoy maltratada e invadida estación del ferrocarril del sur, de tan gratos recuerdos para muchos y de tan excelentes dividendos para unos pocos pero efectivos avivatos.

Pero para el vestir se presentaba lo que hoy llamaríamos un nuevo estrato. Era el que formaban los que hacían elaborar sus trajes en Bogotá y que les concedían facilidades para el pago. Estos sastres eran el señor Pinto, con clientes especiales en la incipiente industria local, al igual que Cáceres y Rodríguez, mejor conocido por todos. El primero porque se mantenía enfermo, pero así concurría a cobrar la cuota semanal a la casa de los acreedores, y el segundo, el más asiduo, sano y sediento, algunas veces enviaba a su hija Leonor, pero que siempre evitó la visita a la casa de sus clientes, pues la hacía con éxito después del medio día, en las tiendas donde se reunían éstos, sin faltar jamás, tales como a la de «La mocosa», la de Alicia Pico, Las Cabas, la Violeta, Facunda Medina, Cecilia Vejarano, «Las Cucarachitas», Sergia Guerrero, Carmen Escobar, San Luis, el restaurante de Adelina Escobar, donde se comía la mejor torta de menudo y sopa de arroz. Maracaibo, El Tropezón, La Topa, Anita Gallo, y hasta donde Las Tomasitas, Rosario Noguera y Min.

Pero las anteriores eran las de común ocurrencia o lugar común como hoy se dice, porque existían verdaderamente famosas y hasta allí iba el señor Rodríguez en busca de sus mejores clientes o de mayor rango, y estas eran: La Palma, La Botella de Oro, Pénjamo, La Ultima lágrima, El Agua Nueva, El Venado de Oro, Balalaika, Cachipay, La Frontera, Emiliano Galarza, La de Mora y el Punto L. De manera que piensen en qué condiciones se iba para Bogotá el sastre de la historia y en qué estado debía llegar a su casa. Pero jamás cogió vergüenza, como dicen las señoras, y al domingo siguiente seguía el mismo itinerario.

Mil gracias.

JOSE IGNACIO GALARZA M.

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